El baterista habla de creatividad y trabajo en equipo. También presenta el nuevo disco de Missoula y recuerda su paso por Bad Religion. Entrevista exclusiva.
Por Fabrizio Pedrotti, para Rock.com.ar.
La mente humana puede jugar malas pasadas: no importa si uno es un músico experimentado con décadas de carrera y miles de shows bajo el brazo. Sino pregúntenle a Brooks Wackerman, que aunque ya había pasado su adolescencia en Suicidal Tendencies y quince años girando por el mundo con Bad Religion, recién se enfrentaba a su desafío más grande en 2016.
Nuestro entrevistado se había unido a Avenged Sevenfold, de los que todavía es integrante, y se preparaba para grabar el primer álbum con ellos. “Todo venía muy bien hasta que empezamos a trabajar en la canción ‘The Stage’ -dice hoy-. Tenía ganas de arrancar con la batería y que te transportara a otro lugar, como una máquina acelerando. Me llevó mucho tiempo. Nunca había tocado una melodía así, me sentía abrumado”.
Claramente, había muchas cosas en juego. Wackerman recuerda: “Queríamos hacer algo especial e iba a ser la apertura del disco, así que era la forma de presentarme al público. También servía como declaración de principios, por ser distinto y más progresivo. Es una intro muy larga hasta que entra la banda completa, y me tomó un día entero resolverla. Mirando en retrospectiva, fue poco para semejante complejidad”.
-Así que lo más complicado fue armarla en tu cabeza.
-Sí, pero se convirtió en uno de los temas destacados. Era la única sección que estaba en el aire incluso en el estudio. Estaban todas bastante maquetadas, menos esta. Nunca había pasado ese tiempo trabajando en 45 segundos de música, aunque tomó una voz propia. Estoy contento de que le hayamos dedicado tanto.
El disco llegó al primer puesto en países como los Estados Unidos, Inglaterra y Canadá. Desde entonces, no hubo gira en la que Avenged Sevenfold no haya tocado la canción. Incluso sonó en el Movistar Arena en febrero, cuando la banda llegó para presentar “Life is But a Dream…” (2023), el segundo álbum con Brooks. Pero volvamos atrás solo por un rato.

-También habías estado muy nervioso en tu primer disco con Bad Religion (“The Process of Belief”, de 2001), pero te habías relajado para “The Empire Strikes First” (2004). ¿Te pasó lo mismo con Avenged Sevenfold?
-(Piensa). Sí, tal cual. Y conocía mejor a los chicos, porque ya habíamos hecho varios tours. Además, “Life…” fue hecho en la pandemia, así que no corrimos. Siempre entré a un grupo ya establecido: Suicidal Tendencies, Tenacious D, Bad Religion y Avenged Sevenfold. Y lo agradezco. Trato de encontrar las sensibilidades y ver dónde encaja mi voz. Por ejemplo, Jimmy (The Rev) era enorme para Avenged. Hay fanáticos suyos a muerte. Obviamente yo también, entonces mi desafío es honrar sus partes y su legado, y hallar ventanas para desarrollarme. Pero sí: en general, en el segundo álbum de cada banda me sentí más “yo”. Eso viene por la experiencia, por conocerlos y por la confianza mutua.
-Y por creer en vos mismo, ¿no?
-Sí, porque en el primer año, ya sea con Bad Religion o Avenged Sevenfold, todos estamos tanteando el terreno. Ellos seguro pensaban: “¿Será el indicado?”, y yo: “¿Estoy feliz?”. Las personalidades de verdad salen cuando girás con tus compañeros. Por eso mencioné la sensibilidad. Tenés que ver si la dinámica funciona, si podés pasar el rato y salir a comer juntos. Seguís estando “a prueba”. Por suerte, podemos ir a cenar sin agarrarnos a piñas (se ríe).
-En Bad Religion, muchas veces viajabas vos solo con Greg Graffin. ¿Qué descubriste de él?
-Por empezar, que hay un montón de restaurantes en los Estados Unidos. Realmente congeniamos. No hay nadie que suene así: tiene una voz y un timbre únicos. Fue genial trabajar con él porque es un gran cantante, pero también un profesor increíble. Constantemente observaba cómo pensaba, sus puntos de vista y perspectivas. Me decía: “No me gusta el bus de gira. Si quisiera ir en un submarino, me hubiera anotado en la Marina” (se ríe). Como algunos días no quería viajar 17 horas en colectivo, volábamos juntos o yo era su copiloto en el auto. Además es muy fan del rock progresivo: me metió en Yes y le encantaban Iron Maiden y Frank Zappa. Todos en esa banda son jodidamente inteligentes: Brett Gurewitz, Brian Baker y Jay Bentley. Siempre tuvieron la reputación de ser el grupo de punk intelectual, así que me intimidó entrar a mis 20 años. Pero me dieron el puntapié para aprender de ciencia y medio ambiente. Bad Religion fue mi universidad.
JUGANDO OTRA VEZ

Después de décadas de proyectos muy serios, Brooks Wackerman volvió a encontrar un espacio vinculado a la comedia. Con Missoula, su nuevo grupo con el guitarrista John Konesky (de Tenacious D), también abraza lo fundamental: la curiosidad.
“Death Doula” (2026) es un disco con once canciones y mucho humor absurdo (ya desde la portada y el título). “Crecí siendo un fan de la comedia -dice-. Mi hermano (Chad Wackerman) tocaba con Frank Zappa, así que de chico iba a sus ensayos. Me encantan Ween y South Park. Mi profesión es seria en un 80%, pero amo más el otro 20%, porque tiene que ver con no tomarte así a vos mismo. Si te reís, es fácil enfrentarte a la adversidad. Rara vez soy 100% serio”.
-Tocar la batería te devuelve a un estado de inocencia, ¿verdad?
-Tengo dos gemelos de 16 años y son mucho más maduros que yo (se ríe). Uno es músico y el otro quiere ser director de cine. Me veo reflejado, porque a su edad yo ya estaba girando -con Infectious Grooves- pero también descubría las películas de John Waters y otras cosas raras. Missoula es una propuesta nueva y el lienzo estuvo “en blanco” mucho tiempo. Cuando le pongo color, me siento como un chico.
-En el video de “Ted Dollop” parodiás a un productor musical. ¿Te encontraste con alguno así?
-No, es ficticio. Aunque prefiero tener una banda fija, grabé como sesionista en varios discos -se refiere a artistas como Korn, Avril Lavigne y Glenn Tipton-. Nueve de cada diez veces estuvo buenísimo, pero siempre había un productor excéntrico que se creía el mejor del mundo. Algunos me decían: “Imaginate que estás grabando en un océano, rodeado por delfines y un tiburón” (se ríe). También escuché historias similares de amigos, así que pensé: “Voy a armar algo con esto”. Hay un montón de gente así. Si no me creés, venite a Hollywood (vuelve a reírse).

-Hablando de producción: los temas de Missoula duran poco para el rock instrumental. ¿Fue a propósito?
-Bastante. Como sabés, me gusta el progresivo. Hasta a Pink Floyd le pasa: hay solos que se estiran sin parar, y algunos no deberían pasar los diez minutos. Pido perdón, pero es así (se ríe). Hay una broma muy buena sobre los Grateful Dead: “¿Qué dice un fan de ellos cuando está sobrio? Esta banda es una mierda”. ¡Con todo respeto al grupo! No soy seguidor, aunque tampoco me drogo (vuelve a reírse). Imagino que es una gran cita textual para que titules la entrevista. Hablando en serio, nosotros queríamos hacer un álbum de rock progesivo con un “formato pop”, en el que todas las canciones fueran de tres minutos. También puede ser interesante para el oyente que no está tan familiarizado con el género, porque el promedio de atención con las redes sociales es de cinco segundos. Así que si pueden aguantar un par de minutos instrumentales, nos alcanza.
-Habías tenido el mismo approach con “True North” (2013) de Bad Religion, ¿no?
-Sí. Con casi todo lo que grabamos, aunque en ese disco fue más buscado. Es una estructura muy ramonera, con eso de que el tema “no es punk salvo que sea de menos de tres minutos” (se ríe). ¡Y si es muuuy punk, de menos de un minuto! Un ejemplo es “Vanity”.
-¿Y qué aportaste en “Beyond Electric Dreams”? Fue una de las que compusiste.
-(Piensa). Escribí el riff principal. Se lo llevé a Brett y le gustó, entonces la armamos alrededor. El puente era de una onda distinta, medio “space/new age” y con una batería de rock progresivo. Quedé contento.
-En “Sorrow”, en cambio, él te pidió ayuda porque le sonaba a Pat Benatar.
-Sí, tenía los toms de piso en los compases dos y cuatro, y él propuso que lo lleváramos al reggae. ¡Amo a Stewart Copeland! Probamos unas cuantas versiones, y me da orgullo porque empieza así y se transforma en punk. Brett es genial, sabe muchísimo de música y no le da miedo ir por algo distinto. Creo que por eso querían trabajar conmigo: podía tocar el género, pero había estudiado otras cosas. Cuando me uní a Bad Religion buscaban expandirse, y Brett recién había vuelto. Así que tuve una paleta de colores muy rica para esos discos.
DEL GROOVE A LAS BANDAS DE SONIDO

Pero el juego va más allá del humor. El comunicado de prensa de Missoula explica que en “Death Doula”, que salió el 26 de junio, se entrecruzan ritmos de metal, compases extraños y rock cinematográfico. Además, agrega que esta química solo se da “cuando tres veteranos se divierten y se empujan creativamente”. E incluso intervienen otros géneros.
-En “Pump” hay texturas de LCD Soundsystem, ¿puede ser?
-Sí, los amo. Es un gran ejemplo, empieza medio funk. No quería que fuera estrofa-estribillo-puente. Soy muy peliculero y fan de lo que hizo Trent Reznor con The Social Network (2010), y también de Jonny Greenwood con Paul Thomas Anderson. Ellos me inspiraron a escribir lo más cinemático de “Pump”. Usé mi teclado Nord y mezclé secciones que no iban a encajar, pero encontré la forma. Es mi tema favorito en vivo, así que gracias por mencionarlo.
-Les llevó un tiempo terminar ”Crimson”, ¿no?
-Sí, fue la última que grabamos y la más difícil para mí. Empezó con un riff de John Konesky, y buscábamos que el álbum tuviera su lado más técnico. Me costó armar una batería que no se interpusiera. Quería que hubiera espacio suficiente, porque lo que tocó fue muy virtuoso.
-También usaron otros instrumentos. ¿Cómo creés que influyeron en el disco?
-De muchas maneras. Tengo que seguir practicando, aunque siempre voy a ser un estudiante de música. Me sirve saber acordes en el piano o tomar clases de canto, porque cuando vuelvo a la batería tengo más vocabulario y comprensión de mis compañeros. Por ejemplo, entiendo cuando alguien tiene dolor de garganta y no me imagino cómo será para Matt -de Avenged Sevenfold- dar un show de dos horas. Me cuesta cantar frente a otros, pero me ayuda a componer.
-¿Tocás el piano como un baterista?
-Me parece que nunca voy a poder escapar de eso. Me doy cuenta al toque cuando un batero compone…
-¿Cómo?
-Por el ritmo. ¿Cómo se llama esa canción de Foo Fighters que hace “chan chan, chan chan chan”…? (imita el riff).
-”All My Life”.
-¡Esa! Obvio que iba a escribirla él (se ríe). El toque distintivo lo suele dar el baterista. Con 49 años, ya tengo esa mentalidad. Y les digo a todos los músicos que está bueno saber tocar cosas básicas de jazz, de rock, o de semicorcheas. Porque cuando trabajes con un batero, vas a poder hablar mejor y viceversa. Es como cuando aprendí piano: ahora me comunico bien con Brian y Matt de Avenged si se me ocurre una idea así. El ida y vuelta es más rico.
EL LABORATORIO DE A7X
Esa curiosidad también define su rol en Avenged Sevenfold. En lugar de llenar los espacios, Wackerman trabaja como un artesano hasta encontrar qué precisa la canción. “En general recibo un demo, y si tengo la ‘hoja en blanco’ pruebo ideas. Muchas veces lo que pienso suena distinto con una guitarra de fondo, así que veo si está cargado o si le sobra espacio”, explica.
-Es muy intuitivo, ¿verdad? Sobre todo en “Cosmic” o “G”, que hiciste muchas tomas y cambiaste de baterías.
-Sí, y confío un montón en ellos cuando grabo. Son los mejores jueces y me dicen si el redoblante quedó muy alto o si hay que bajar los toms. Igual con Joe Barresi, nuestro productor. Casi siempre tienen razón. Por eso amo el estudio, porque soy fan de romper los límites. Lo último que quiero es un sonido “grande” de batería. No me interesan los approaches tradicionales, salvo que le sirvan a un tema específico. Por ahí las ideas no funcionan, pero con Avenged está todo bien mientras miremos para adelante.
-Y cada canción precisa su tiempo, ¿no?
-Exacto. Muchos no comprendían “Life Is But A Dream…” hasta escucharlo por décima vez. Ahí decían: “Ahora entiendo. Sigue siendo diferente, aunque ya capto la onda”. Para mí es el mejor elogio, porque todos mis discos favoritos me llevaron tiempo hasta que los adopté. Al principio decís: “No, esta no es la banda que hizo ‘City of Evil’”. Pero es la razón por la que amo tocar en Avenged. No tenemos miedo de probar estilos y nuestras influencias son de lo más variadas: van del hip-hop, pasando por el jazz y el death metal, hasta el country.
Esa mezcla se nota en el nuevo EP del quinteto, el experimental “Statica” (2026). No faltaron las capas de sintetizadores, las voces con autotune y los gritos industriales. Claramente, las opiniones no se hicieron esperar. La revista Metal Hammer, por ejemplo, lo calificó como un “intento fallido y excesivo, que enterró tracks potencialmente buenos bajo efectos ridículos”, aunque elogió su tenacidad para arriesgarse.
-Brooks, ¿a vos también te pasa cuando escuchás esas canciones por primera vez? ¿Necesitás procesarlas?
-Con algunas pensé: “Ok, esto es diferente… veamos dónde va”, y en otras simplemente no anduvo. Somos muy honestos entre nosotros y compartimos un objetivo: mejorar, progresar y que gane la idea más fuerte. No importa si es del bajista o de Matt. Acá estamos todos por un bien mayor y nadie es “intocable”. Somos directos si tenemos que decir: “Te quiero, man. Pero tus trompetas francesas no quedan en este estribillo, perdón. Capaz lo podamos hacer si algún día vamos a Londres con una orquesta”. Es un ejemplo extremo (se ríe).

-Y es importante no tomárselo personalmente cuando te rechazan una propuesta. ¿Te pasó con Avenged?
-Sí, tuve que aprenderlo en esta banda. Por ahí pensaba: “Che, esto va a ir perfecto para el próximo disco”, se los llevaba a ellos y respondían excelente… o con un silencio. Y esa reacción estaba de diez, porque si hoy escucho lo que propuse hace un año, fue una bendición que no lo hayamos usado. Es la vieja historia de cuando algo te encanta, pero te levantás a la mañana siguiente y te parece la mierda más grande que escribiste. Está bueno tener perspectivas objetivas de tus amigos sobre lo que funciona y lo que no. Lo mismo con las opiniones de otras personas: incluso si son diferentes, no significa que siempre tengan la razón. Por el bien del grupo, hay que dejar los egos en la puerta del estudio.
REGRESAR A LOS ÍDOLOS

En 2016, Brooks necesitó un día entero para resolver 45 segundos de música. Diez años después, el desafío es parecido: ¿dónde buscar las ideas cuando no aparecen?
“Hace unos meses di una clínica en Sweetwater Music, y un chico me preguntó cómo enfrentar el bloqueo -explica Brooks-. Le dije que aprendiendo canciones de otros, porque abrís una puerta creativa. Así que si estoy atascado, vuelvo a mis héroes y me pregunto por qué me gustaba tanto esa melodía, o por qué la mía no funciona igual. Me encanta diseccionar los temas que amo, ya sean de los Beach Boys o de Mahavishnu Orchestra, porque me inspiran a componer distinto. Y obviamente, leer más teoría”.
-¿Qué otros artistas analizás?
-(Piensa). Radiohead es una tarea de nunca acabar: son mi banda favorita. Lo mismo con los Pixies, Frank Zappa y Cat Stevens. John Frusciante tiene un montón de discos que admiro. Básicamente, cualquier lugar donde haya buenas melodías y un factor X. Siempre voy a querer alcanzar algo así.
El primer álbum de Missoula se encuentra en todas las plataformas. Además, Avenged Sevenfold acaba de estrenar “Statica”, su nuevo EP.