El cantante cuenta cómo sobrevivieron al paso del tiempo, la tragedia y la pérdida de la inocencia. Además, explica por qué la canción perfecta “no se puede planear”, antes de tocar en el Movistar Arena.
Por Fabrizio Pedrotti, para Rock.com.ar.
“El sol, la luna, el rocío de la mañana / La niebla ascendente y la tierra húmeda / Nos recuerdan por qué vale la pena vivir”. Para un joven Joe Elliott, esa era la clave de todo. O al menos así lo cantaba en “Overture”, de su primer EP (de 1979).
El tema -cercano a Iron Maiden, UFO y Thin Lizzy- era una declaración de principios y casi un himno de batalla. Y cerraba con: “El tiempo está de nuestra parte / Porque el tiempo es fundamental”. Para Def Leppard, vaya si lo fue.
Desde su casa en Irlanda (¡curiosamente, cerca de Leopardstown!), el vocalista se ríe. “Uy, Dios. No me acuerdo la mitad de lo que canté ahí. Tenía unos 18 años cuando la escribí. Creía que era Neil Peart, de Rush -estalla en carcajadas-. La música era muy épica, y compuse una letra que me parecía gloriosa. En cambio ‘Ride Into the Sun’, de ese EP, es un rock and roll de verdad, al estilo de Steppenwolf; una canción sobre ir en tu moto con los pelos al viento y una chica en la espalda. Bastante cliché. También teníamos ‘Getcha Rocks Off’, que hablaba de las groupies”.
Y agrega: “No sabíamos qué hacíamos. ‘Overture’ tenía como diez partes, pero claro que nunca le llegué ni a los talones a Neil Peart. Aunque sus primeros trabajos, si los comparás con lo que hizo Rush después, también son un poco naifs -opina-. Igual está bien, porque en ese punto uno busca su camino. Yo tenía 18, y no hay nada malo en equivocarse a esa edad. Sería distinto equivocarme a los 67. Debería haber aprendido algo, ¿no?”.

Elliott tiene razón. Y por más que no refleje el sonido posterior de Def Leppard (con la producción pulida de Mutt Lange), “Overture” es una canción brillante y subestimada. Casi cualquier banda mataría por arrancar su carrera así. Está claro que a esa edad se pueden cometer errores mucho peores.
“La inocencia a veces te hace escribir cosas que tu cabeza nunca te dejaría. A veces gana el instinto. Mucha gente piensa que Paul McCartney componía mejor a los 20 que a los 18. Y capaz sí, pero no tenía esa misma ingenuidad. A la inocencia nunca la podés recuperar: una vez que la perdés, ya está. Es como la virginidad”, dice Elliott. Esa sí es una declaración del Def Leppard que vino después. El que se iba a ganar el mundo, pero no sin pagar un precio alto.
LA PÉRDIDA DE LA INOCENCIA

La banda tuvo que madurar de golpe: debió superar tragedias como la muerte del guitarrista Steve Clark (en 1991) y el accidente del baterista Rick Allen, que lo dejó sin un brazo (en 1984) y lo obligó a readaptar su forma de tocar.
Aunque también está lo bueno: Def Leppard es uno de los artistas que más vendió en la historia de la música, con más de 100 millones de álbumes y dos discos de diamante (“Pyromania”, de 1983; e “Hysteria”, de 1987). Solo cinco bandas de rock lograron esto último: los Beatles, Pink Floyd, Led Zeppelin, Van Halen y ellos.
Pero aunque esas historias estén muy documentadas en cientos de entrevistas, documentales y libros, siempre hay un nuevo ángulo para abordarlas. Porque, quizás, la vida no sea más que una repetición de sucesos. Lo que importa es qué hacemos con ellos.
Un ejemplo es “Rejoice”, el single que lanzaron este año. En la letra, Elliott escribe desde la perspectiva de una persona que ve todo negro y que necesita un milagro para volver a vivir. Alguien que lo salve. Y como muchas veces, al protagonista le llega esa fuerza desde adentro.
“Es sobre impulsarte de la nada hacia lo concreto. Arranca diciendo: ‘Estoy aburrido del aburrimiento’. En otras palabras: ‘No lo aguanto más, quiero ir más allá, necesito algo mejor’ -relata el cantante-. Puede representar la vida de cualquiera, porque es una metáfora. Como un tipo que está en un trabajo sin futuro y que quiere otra cosa, o alguien que directamente no tiene laburo. O incluso un hincha de un club que pierde todos los partidos y espera que su equipo gane. Me gusta la idea de sobreponerse a la adversidad”.

-¿Cómo te das cuenta si una canción tiene magia, antes de presentársela a tus compañeros?
-Bueno, este es un gran ejemplo. Le dije a Phil Collen (guitarrista): “Mirá, tengo una idea para un tema. Se va a llamar ‘Rejoice’ y tiene una especie de connotación bíblica, igual que ‘Rock of Ages’, pero no se trata de eso”. La mayoría de los textos sagrados eran positivos, y me gusta. También me copa lo de levantarte desde las cenizas. Tenía la batería desde el principio, y era casi hipnótica, aunque necesitaba un riff para que después entrara la voz. Phil justo tenía algo similar. No siempre pasó: otras veces, mis compañeros me mandaron algo y, cuando le quise poner la letra, no funcionó. Acá fue mágico, como un rayo que cayó del cielo. Así que le devolví un demo cantando y él lo amó.
-Claro.
-Lo grabamos de la misma forma que “Diamond Star Halos” (2022): programamos los ritmos, Phil puso sus guitarras, después Vivian (Campbell) las suyas, luego Rick (Savage) sumó el bajo, y Allen hizo las baterías reales en Las Vegas. En los días libres de los shows sumamos los coros y la percusión. Pero la energía es tan fuerte que parece hecha en Abbey Road. En muchos aspectos, es mejor así: ellos graban sus partes en casa, sin apuro. Usamos un estudio remoto que se llama Bounce Boss, que maneja nuestro ingeniero y productor, Ronan (McHugh). Es exactamente como lo haríamos en persona, solo que cada uno puede estar con su familia y en paz.
-Así se expresan mejor las emociones, ¿no?
-Sí. La frustración de la letra, o la energía que querés ponerle, surgen con más naturalidad. Al estar cómodo, pulís los detalles hasta lograr el nivel de suavidad o agresividad que buscás, dependiendo del tema. “Rejoice” ya estaba lista, y como la idea era lanzar algo para los conciertos de Las Vegas en febrero, nos parecía lo lógico. Aparte es genial para abrir el show. El resultado fue excelente.
-¿Y creés que los compositores crean ideas de la nada, o que más bien las descubren al escuchar diferentes cosas?
-(Piensa). Es igual para cada artista del planeta: te influencian las cosas que van saliendo. Por ejemplo, cuando hicimos “Pour Some Sugar on Me”, sin dudas habíamos escuchado la versión de “Walk This Way” de Run-DMC y Aerosmith. Ahí dijimos: “¡Mirá! El rap y el rock quedan bien juntos”. Así que quisimos crear nuestra versión. “State of Shock”, de Mick Jagger y Michael Jackson, nos hizo grabar “Excitable”, casi una canción de disco rock. La mayoría de los músicos aprendieron a tocar escuchando a otros. Seguro que Pete Townshend agarró una guitarra por Bo Diddley; capaz Noel Gallagher por Townshend, y otros por Gallagher. Son los que te hacen querer tener un instrumento. Tus primeras ideas van a sonar como lo que escuchaste, y después desarrollás tu estilo.
-¿Cómo lo lograron ustedes?
-Nuestras canciones del comienzo eran muy Thin Lizzy y UFO, porque eran dos bandas que nos encantaban. Ahora sonamos como Def Leppard, hagamos lo que hagamos: ya sean las “Drastic Symphonies” (2023) con la Filarmónica de Londres, o una versión acústica de “Pour Some Sugar on Me”. Ya nos parecemos a nosotros mismos, porque tenemos una voz propia y reconocible. Igual, cuando escribimos, elegimos lo mejor. Miralo a Slash: ¡puede componer 5.000 riffs por día! Él filtra los mejores y tiene una canción. Fijate cuántos temas escribió como solista. No hizo mucho con los Guns N’ Roses últimamente, pero sacó un montón de discos. Y cada uno podría haber sido de los Guns, porque es un maestro del riff. Compone muy rápido y con mucha variedad.

-¿A ustedes les pasa igual?
-Sí. Sav escribe de una manera, Phil de otra, yo también; y juntos somos distintos. Mis ideas pueden ser diferentes de las de Collen, pero si a él le falta una letra, yo me sumo y trabajamos en grupo. En “Diamond Star Halos” todos escribimos dos o tres temas. Phil hizo cinco o seis, y si en un punto no se le ocurría más nada, me los mandaba y les sumaba algo. A veces funciona, otras no; pero seguimos intentando. Hay canciones que se terminan en un día, y otras que te llevan seis años porque no encontrás el ingrediente. Capaz me despierto en un sueño y digo: “¡Wow, se me ocurrió!”, y corro a tararearlo en el teléfono. A la mañana siguiente lo reescucho, para ver si no estaba loco (se ríe). Ahí encuentro la parte B o C que faltaba. Por ejemplo, “This Guitar” estaba lista hacía 17 años, pero era nueva para los oyentes. Los temas a veces tardan mucho en nacer, ¿sabés? En cambio, a “Rejoice” lo hicimos tan rápido que ya lo sacamos y va a estar en el próximo álbum.
-También debe ser importante darles su tiempo, ¿no? En discos anteriores te obligabas a terminar rápido las canciones, pero ahora esperás más.
-Sí, porque no somos carpinteros. Antes estaba el “Brill Building” (en Nueva York), donde escribían Neil Sedaka y Carole King. Ellos iban a trabajar como si fueran secretarios y tenían que componer un tema entre las nueve y las cinco. Y lo hacían, pero no había garantías de que estuviera bueno. A veces la pegaban, porque eran genios. Así tuvieron grandes hits, como “Calendar Girl” o “It Might as Well Rain Until September”. Pero capaz escribían otros veinticinco sin esa magia. No la podés planear: se da o no. En Def Leppard somos más “artistas” que “escritores de Brill Building”. Si alguien nos juntara y nos pidiera que compusiéramos algo para las tres de la tarde, le diría que no. Podemos terminarlo en dos horas, pero no va a ser muy bueno. Sería forzado, y no trabajamos así.

El cantante lo lleva a otros terrenos del arte: “Si a Miguel Ángel le hubieran dado dos minutos para pintar la Capilla Sixtina, los hubiera mandado a la mierda. Porque sabía cuánto tiempo le tomaba ser un genio. Ese tipo de pintores podría haber terminado en un día, pero sus trabajos eran de dos, tres o cuatro años. A veces los dejaban respirar, volvían y los terminaban”.
Y agrega: “Nosotros hacemos lo mismo. Por ahí, las canciones vienen muy rápido: en todos los discos hay una que sale al toque, y para las otras tardamos un montón. Si no sabés para qué lado ir, tenés que esperar a sentirte cómodo. Si plantás una semilla, no pretendas que salga un roble en dos días. Acá es igual”.
SIN APURAR EL TIEMPO

Joe Elliott y sus compañeros entienden que los procesos artísticos necesitan paciencia, pero también saben que la industria es cruel. En los setenta, las grandes bandas de rock lanzaban un disco por año. Y a veces hasta dos. Una prueba de eso está en las seguidillas de Black Sabbath, Deep Purple, Led Zeppelin o The Doors.
En los ochenta, el panorama había cambiado. Pero no mucho. Aunque Def Leppard siempre fue una banda prolífica -y está preparando su decimotercer álbum-, no siguió del todo las reglas del juego. Y eso, en vez de matarlos, terminó dándoles más vida.
-Con tantos años entre medio, ¿en algún momento sintieron miedo de haber perdido la magia?
-No, jamás desde “Hysteria” (1987). En 1985, todos nos decían: “Están perdiendo el tren. Sacaron un gran disco en el ‘83, deberían hacer algo ahora”. Bon Jovi lanzó su tercer álbum y la pegó, y podría haber sido nuestro lugar. Lo mismo con Mötley Crüe, que tuvo grandes hits, o con Poison y todas las bandas de los Estados Unidos. Y sacamos nuestro cuarto trabajo recién cuatro años y medio después de “Pyromania” (1983). ¡Parecía un suicidio comercial! Supuestamente era el final, y no íbamos a tener chances de volver después de tanto tiempo. Pero terminó vendiendo 22 millones de copias (se ríe). No lo podés planear. No lo hicimos a propósito, tuvimos la fortuna de que saliera así. No nos afectó que Bon Jovi, Mötley o cualquiera de ellos hayan tomado nuestro lugar, porque después volvimos y lo reclamamos. Podríamos haber hecho lo que quisiéramos. Es más, luego de “Hysteria” esperamos cinco años para “Adrenalize” (1992). Sacamos solo dos en nueve años, y los Beatles estuvieron juntos por ocho, ¿me entendés? Pero no nos mató.
A pesar de su discurso, Elliott es cauteloso: “Igual, no recomendaría que lo hagan -explica-. Nosotros tuvimos suerte. La vida era diferente en los ochenta, y lo revertimos con mucho trabajo”.
¿Cuál fue la clave, entonces? “Cuando el disco salió, lo promocionamos mucho. Fuimos a cientos de programas de radio y dimos 227 shows -recuerda con precisión-. Lo difundimos hasta el hartazgo porque no nos quedaba otra, estábamos tremendamente endeudados. Habíamos gastado un montón de guita grabándolo y teníamos que sacarle el jugo. Y funcionó”.
Quizás gracias a eso (y a las buenas canciones), “Hysteria” es la obra cumbre de la banda: pocos álbumes en la historia tienen siete singles como “Pour Some Sugar on Me”, “Love Bites” y el que le da nombre. En las notas del disco, el grupo pedía perdón por la demora en su salida y prometía que los fanáticos no iban a tener que volver a esperar tanto. Pero la tragedia iba a cruzarse de nuevo en el camino de Def Leppard.
CON UN NUDO EN LA GARGANTA

El 8 de enero de 1991, Joe Elliott atendió el teléfono como cualquier otro día. “¿Te enteraste? -le preguntó su mánager-. Steve Clark murió”. Para el cantante no fue una sorpresa.
El guitarrista, una pieza clave para Def Leppard, había estado en rehabilitación al menos una docena de veces entre 1989 y 1990. De hecho, mientras la banda trabajaba en Dublin, lo habían encontrado inconsciente en una cuneta con 0,59% de alcohol en sangre. El doble de lo que lleva al coma. Por eso, la noticia fue triste pero no sorpresiva.
Así se entienden los cinco años de demora entre “Hysteria” y “Adrenalize”. Pero lo que no se explica es cómo sacaron fuerzas para sobreponerse otra vez. A Clark incluso le dedicaron “White Lightning”, que aborda las adicciones de forma cruda.
-Joe, dijiste que encontraste la forma de cantar ese tipo de letras sin que te afecten personalmente. ¿Cómo lo lograste?
-(Piensa). Bueno, era necesario. Fue muy emotivo armar ese tema. Phil había compuesto la música en 1988, con Steve todavía vivo, pero sonaba como algo suyo, por el riff a lo Led Zeppelin. Cuando Clark murió, nos dimos cuenta de que podía ser “la canción”. Sabíamos que teníamos que rendirle homenaje, porque nos había dejado y hacíamos el disco los cuatro solos. Así que nos encerramos y nos volvimos herméticos. Mutt Lange no se metió mucho porque ahí trabajaba con Bryan Adams. Nos aportaba ideas por teléfono, pero no en persona. Para cantarla me tuve que poner en un estado mental adecuado. Yo no era como los presentadores de la tele: por más devastadora que sea la noticia, ellos no tienen una conexión emocional. Acá era mi propia historia, y todos estábamos ligados a eso. En nombre de la banda, no me quedó otra que sonar convincente. Cuando terminé, me sentí agotado emocionalmente.
-Justo después grabaron “Let’s Get Rocked”, que abre el disco y es totalmente diferente. ¿Cuán importante fue para sacarte esa sensación fea?
-Mucho. Teníamos la costumbre de mirar Los Simpson para animarnos, y terminamos escribiendo un tema sobre Bart (se ríe). Pero emulábamos a Prince en “Let’s Go Crazy”. Queríamos componer algo vacío, ridículo y divertido. Que fuera el antídoto para “White Lightning”, el opuesto absoluto. Eso muestra qué clase de artistas somos. Podemos escribir lo que se nos ocurra.
EL ENCANTO NATURAL
En 1979, Joe Elliott cantaba que el tiempo era fundamental. Casi 50 años después, con otro disco en camino, sigue enfocado en el presente y mirando al futuro. Y gracias a la música, siempre va a poder conectarse con esa inocencia que perdió.
-Con todo lo que pasaste en estas décadas, ¿qué le agregarías al “sol, la luna y el rocío” que mencionabas en “Overture”?
-(Piensa). ¡Nada! Tiene una ingenuidad tan linda que funciona de verdad. Es como si fuera nueva, porque no sabíamos qué hacíamos. Ese encanto nunca se va a poder repetir ni fabricar, es cien por ciento natural. Y, sin dudas, ahí está la clave de Def Leppard.
La banda se presentará el jueves 5 de noviembre en el Movistar Arena, con Extreme como invitado especial. Las entradas anticipadas se consiguen en el sitio oficial.
