Informe: por qué a los Estados Unidos les conviene tener presos a sus ancianos

Las cárceles del norte parecen verdaderos geriátricos. Según un estudio de la Unión Civil de Libertades Americanas (ACLU), hay 245.000 prisioneros mayores de 50 en ese país. En 1981, sólo eran 8.000.

Por Fabrizio Pedrotti.

Desde la década del ’70, la Justicia norteamericana adoptó una serie de medidas duras que los convirtieron en los mayores encarceladores del mundo. Al aumentar esa brecha de presos –que previamente incluía delitos como asesinatos, violaciones y secuestros-, muchos están cumpliendo cadenas perpetuas por hurtos o posesiones de drogas.

La ONG Human Rights Watch (WRH) explicó en un comunicado que el 9,6% de los prisioneros estadounidenses posee condena de por vida, y que el 11,2% cumple una pena de más de veinte años. “Pasar un tiempo en prisión es especialmente difícil para quienes tienen problemas de audición, de visión o que sufren enfermedades crónicas”, afirman en la investigación.

Loic Wacquant, profesor de la Universidad de California y autor del libro “Lás cárceles de la Miseria”, opina que lo ideal sería “liberar a los presos enfermos, discapacitados o que hayan cumplido dos tercios de su pena”. El catedrático señala que esos reclusos no serían peligrosos: “Muchos fueron caratulados como no violentos. ¿Por qué lo serían en la calle?”.

Para el abogado penalista Raúl D’Amato, quien se capacitó en la Universidad de Stanford y conoció personalmente esas cárceles, “la conflictividad de muchos presos es prácticamente nula”. Él es un poco más cauteloso, y afirma que un gran porcentaje “no tuvo un juicio justo por los altos honorarios de los letrados norteamericanos”.

Un colega suyo, el abogado Pablo Colmegna, no está de acuerdo con la liberación. Dice que los ancianos pueden seguir siendo peligrosos por dos razones: por las características de sus personalidades, o porque por su edad no consigan empleos, lo que los llevaría a volver a delinquir.

Según Colmegna, en caso de que se implemente la idea de Wacquant, habría que establecer planes de seguimiento para esos presos durante los primeros meses. Y que si cometen un nuevo delito, se les añada a su condena “el tercio de ese lapso anterior no cumplido”.

D’Amato analiza el accionar estadounidense: “Son republicanos, ponen el énfasis en castigar a quien viola la ley. Pero además, les es más barato hacer cárceles porque cobran más impuestos. Son depósitos de almas, los ancianos están ahí muriéndose”.

Con respecto a la reinserción una vez fuera de la prisión, el médico geriatra Pascual Valdez plantea que los ancianos van a sufrir dos tipos de discriminación. “Primero por ser mayores, y segundo por haber sido reclusos. Deberían existir sistemas de contención y reinserción social planteados por el gobierno estadounidense. Lo que más necesitan es que se los quiera, y lo que más les enferma es que se los discrimine. Lo único peor que la soledad, es el aislamiento”.

Valdez opina que no se deberían crear prisiones especiales para estos ancianos, “de modo que se siga reproduciendo el modelo social en donde las diferentes edades conviven y contribuyen al crecimiento intelectual y afectivo mutuo”.

El arquitecto Roberto Lapuyade, que se especializa en residencias geriátricas y que fue Director de Planeamiento de la Provincia de Buenos Aires, piensa distinto. Él afirma que habría que buscar un modo de separar a los presos ancianos de los jóvenes, para evitar violencia y maltratos.

“Puede pensarse en pabellones independientes, con cuidados en la calefacción y la ventilación, porque es una población más sensible a los cambios de temperatura”, dice. 

Sus recomendaciones también apuntan a mejores controles médicos, “con un centro de salud para atender a enfermos crónicos y con demencias”.

Pero el problema de las epidemias geriátricas no existe sólo en Estados Unidos, sino también en países como Japón. Allí, un informe de la policía afirmó que en 2010, uno de cada cuatro detenidos era mayor de 65. En 1986, sólo se daba en uno de cada veinte. 

En Venezuela, entre 2005 y 2009 murieron 1885 reclusos, la tasa más alta de Latinoamérica, según el diario El Universal. La mayoría de ellos, seguramente, eran ancianos. Pero sus voces nunca serán escuchadas.

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