Jorge Araujo: “Es raro que Gran Martell toque un tema en su versión original”

El baterista charla sobre la experimentación de la banda, y adelanta la fecha del domingo en La Usina del Arte. Además, habla de Divididos y de su relación actual con Mollo y Arnedo.

Por Fabrizio Pedrotti, para Rock.com.ar.

“Vamos a tocar por primera vez ‘Cantor de llantos’, nuestro nuevo single”, dice orgulloso Jorge Araujo del otro lado del teléfono. “Lo mejor es que van a estar el Chino Laborde y Sergio Dawi como invitados; además de Richard Coleman, que participó en uno de nuestros discos. Y si a último momento cae alguna otra persona, también la invitaremos”.

El músico se refiere al show que dará junto a Gran Martell, la banda que co-fundó hace catorce años, en La Usina del Arte. Será el domingo 8 de julio, a partir de las 21hs. “La idea es que estemos de festejo, porque un lugar así nos da la posibilidad de mostrar muchos formatos que la gente desconoce. Va a haber un montón de situaciones diferentes a las que solemos ofrecer”.

-¿Por ejemplo?

-Abordaremos cuatro configuraciones, yendo de menor a mayor. La primera va a ser un “acusticazo”, casi sin micrófonos y aprovechando la acústica de la sala. Luego vendrá un “acústico con instrumentos microfoneados”, después un “unplugged” como los de MTV -con una mezcla entre lo eléctrico y lo desenchufado- y al final, el power trío de siempre.

-Lo novedoso es que, desde hace unos años, los shows de Gran Martell tienen que ver más con las zapadas que con respetar las canciones al 100%. ¿Coincidís?

-Sí, y fue uno de los condimentos más importantes para que el grupo siguiera gozando de salud artística. Cuando llegamos a los nueve o diez años empezamos a necesitar grabar improvisando, como lo hicimos en “4” (2016). Nos conocemos desde hace tanto que queríamos estar con la mente en blanco y “largar los tres juntos”, igual que en la sala. No habíamos llegado a plantearnos “che, ¿qué hacemos con la banda?”, pero nos faltaba una vuelta de rosca. Eso nos ayudó a seguir. En este momento, es raro que Gran Martell toque un tema en su versión original. El domingo quiero hacer “Empetrolado” bastante fielmente, pero seguro va a pasar cualquier cosa (se ríe).

Lo fundamental es que las improvisaciones de las que habla Araujo no son forzadas, sino todo lo contrario. En vivo, parece que cada uno está en su mundo… ¡pero conectado sensorialmente con el otro! “Nos sucede porque estamos juntos hace catorce años”, fundamenta el baterista, que anteriormente fue parte de Divididos. “Tiramos de la piola lo máximo posible, porque ese vértigo nos gusta por igual a los tres -se refiere al guitarrista Tito Fargo y al bajista Gustavo Jamardo-. Es muy placentero, porque no necesitamos ni mirarnos. Fue fundamental para que siguiéramos atraídos por la escena musical”.

-Si no hubiera surgido esa faceta, ¿creés que hubieran dejado de tocar?

-No sé, pero nos pasó en un momento en el que lo necesitábamos para seguir entretenidos. Porque siempre escapamos a nosotros mismos, y tuvimos la necesidad de que cada disco fuera diferente, para hacer cosas nuevas.

-La improvisación es un arma de doble filo, porque si se exceden, las canciones pierden la forma. ¿Les pasó?

-¡Sí! Me lo remarcó mi hijo más chico, que también es músico. Cuando fue a ver un show en Niceto o en Uniclub, su comentario fue: “Papá, está todo bien con que se pongan a zapar. Pero cuando tocaron ‘Dos huecos’ y lo hicieron como en el disco, la gente realmente lo cantó”. La verdad es que al principio se nos desbalanceó un poco el barco, capaz que hacíamos cuarenta minutos de zapada y sólo tocábamos cuatro temas propiamente dichos. ¡Nos íbamos al carajo! (se ríe). Ahora eso ocupa un lugar específico: en La Usina del Arte va a haber un determinado porcentaje. Lo que vamos a hacer con los invitados está totalmente ensayado y lo reproduciremos. Somos un grupo con canciones, y cada vez me convenzo más de que ése es nuestro foco. Como vos decís, si nos manejamos sólo con improvisaciones dejamos afuera a los que quieren escuchar los temas como son. Por suerte ya encontramos el equilibrio: sabemos que no somos un grupo de free jazz, pero buscamos la ruptura para generar cosas nuevas.

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LLEVANDO LA IMPROVISACIÓN AL ESTUDIO

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-Lo arriesgado de “4” fue que lo grabaron zapando… ¡pero en sólo dos días! Así que no tuvieron demasiadas posibilidades para ver qué material quedaba y cuál no. Encima, les había llevado un año planificar la logística…

-Claro. Fue el disco más representativo de lo que charlamos, aunque muy buscado. Cuando hablamos de grabarlo, teníamos cuatro canciones. Pensamos primero que nada en el ingeniero de grabación, Barry Sage…

-…que grabó con Bowie, los Stones, New Order…

-Sí, y era la persona ideal. Tardamos mucho en la parte operativa, para hacer coincidir el estudio (Romaphonic) con su agenda, y que estuvieran listas las tres baterías que usé, porque había afinaciones diferentes. Me armé esos sets para aportar cosas según lo que Gustavo y Tito hicieran, porque los bateros siempre armamos todo y tocamos un disco entero con lo que hay. En los ‘70, las bandas capaz se metían veinte días, armaban, desarmaban, corrían paneles… como nosotros no teníamos esa posibilidad, porque Barry y el estudio disponían de poco tiempo, fue complicado. Después Fargo escuchó dos o tres improvisaciones y pensó que teníamos que ponerles melodías, así que terminaron siendo canciones. Pero en principio fueron zapadas sin pauta previa, que se transformaron en temas gracias a sus observaciones. Sin eso, se nos iba a desbalancear mucho e íbamos a descuidar las melodías, que son lo principal.

-Lo más loco fue que en algunos temas te corriste de set en el medio de las tomas.

-Totalmente. Uno fue “Redes”, que justamente arrancó con Gustavo en un bajo afinado en RE, y yo con un bombo de 20’’, o sea el más chico, y unos platos cortos y secos. Jamardo metía unos graves tremendos, y yo sentía que mi bombito era una pandereta (se ríe). Inclusive Fargo empezó en MI y se dio cuenta de que Gustavo estaba en otra afinación, así que también la cambió en el momento. Eso se escucha en el disco.

-¡Wow!

-Y cuando le mostré las tres baterías a Barry, le pareció que tenía un negocio de música (risas). El tipo se paró adelante y había quince cuerpos, así que le dije que se calmara, que eran tres kits diferentes pero configurados igual. Son experiencias que no sé si me van a volver a pasar. El otro día estaba dando una charla sobre mis vivencias, y aunque muchas tienen que ver con Divididos -banda con la que grabó clásicos como “Gol de mujer” (1998) y “Narigón del siglo” (2000)-, siempre nombro este caso, porque fue muy jugoso. Era algo muy difícil de lograr si no contábamos con ese año de planeamiento con Tito, en el que apuntábamos en libretitas todo lo que teníamos que tener.

-Incluso, durante la época de “Un Volcán” (2010) te habían armado una batería para que tocaras en vivo de parado. Ese fue otro momento de experimentación.

-Sí, totalmente. Nació a raíz de un electroacústico en el Konex, y quería algo como las cocktail drums, pero teniendo la posibilidad de regular dos toms con una varilla, uno adentro del otro. Así iba a generar diferentes lows y alturas. Hubo un laburo de diseño en base a los pedidos que hice, y la usé durante un tiempo. Pero también me costó en lo físico, porque estaba todo el tiempo apoyado sobre la pierna izquierda y dejaba de tener un instrumento más, que era el hi-hat. Aún la tengo, y no descarto en absoluto volver a usarla.

-Como bien contabas, el domingo van a tocar “Cantor de llantos” por primera vez. ¿El lanzamiento del single fue pensado para que coincidiera con este show?

-No, en absoluto. Ese tema arrancó en una sala de ensayo y nos copamos tanto que le pusimos texto e invitamos a un vocalista -el “Chino” Laborde, exponente del tango-. Justo apareció la fecha de la Usina del Arte, y encima él y Sergio Dawi pueden, así que se dio todo redondisimo.

-Una vez que pasen los festejos de los catorce años, ¿van a preparar algo para los quince?

-Por ahora estamos muy metidos con estos formatos de la Usina, porque nos abren la posibilidad de ofrecer diferentes configuraciones cuando quieran a Gran Martell en determinados lugares. Capaz que de ahora en más podamos plantear dos sets distintos, y no ir solamente a salas que requieran demasiado volumen. Este domingo vamos a poder comprobar muchas cosas: Fargo va a tocar con guitarras de doce cuerdas, habrá afinaciones diferentes, y yo voy a cantar en otras tonalidades. Tal como pasó con la improvisación, el grupo estaba necesitando que esto sucediera… ¡así que le vamos a dar para adelante!

Gran Martell tocará el domingo 8 de julio en La Usina del Arte (Agustín R. Caffarena 1), con entrada libre y gratuita. Los tickets se podrán retirar desde las 19hs., por lo que se recomienda llegar temprano.

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