Así es trabajar de Papá Noel en la Argentina

VICE habló con varios Santa Claus sobre sus cursos de capacitación, cómo es aparecerse en la Casa Rosada y codearse con el Doc Brown, cuáles son los trucos ocultos… ¡y hasta quién es el reno favorito!

Por Fabrizio Pedrotti, para VICE

Existe el prejuicio de que Papá Noel sólo trabaja entre noviembre y diciembre. Pero en la Argentina, ponerse en la piel del personaje lleva meses, e incluso años. “El problema más grande es saber qué juguetes están en boga, porque no me puedo quedar mirándolos cuando me piden algo específico. Tengo que preguntarles de qué color lo quieren, en qué tamaño y por qué”, explica Roberto Behrends, quien fue analista de sistemas, pero que desde 1980 se calza las botas de Santa Claus.

“Para esa época ya usaba un poco de barba, pero no tan exagerada. Ahí empezó todo, y hubo veces que llegué en helicópteros y en autobombas —agrega con una sonrisa—. Hoy tengo tres trajes: dos propios, y uno que me da la productora”.

La empresa a la que refiere es la de Carlos Giache, un cordobés que llegó a Buenos Aires junto a su amigo Jorge Diez para dedicarse a la actuación. Pero un día se le prendió la lamparita: vio un mercado en muchos shoppings, empresas y casas particulares. Un verdadero precursor. “Hoy tenemos más de 30 papanoeles, tanto en Buenos Aires como en el resto del país: Neuquén, Trelew, Mendoza, Salta, Tucumán, Santiago del Estero, Rosario y Córdoba. ¡Hasta participamos en Ushuaia!”, explica el propio Diez, Encargado de Operaciones y Logística de la empresa.

Carlos Bige 2

Giache falleció este año, pero a pesar del duelo, en la productora decidieron continuar. “Él siempre buscaba actores en la calle, en plazas o cafés. Después tenía entrevistas, y de acuerdo a lo que veía, los contrataba o no. Hay señores que simplemente usan barba pero no les gustan los chicos, y otros son más tiernos. Esos empezaban a trabajar para nosotros”.

De esa forma, Giache descubrió a Abraham Ravicovich, quien sería uno de sus empleados históricos. “Yo vendía artesanías en una cooperativa, y un día pasó Carlos con su familia. Me preguntó si me interesaba, y me dijo que me iba a sacar las vacaciones gratis. Nunca me defraudó”, explica el actor, de 87 años. “Ya estoy viejo, y los seguros laborales me cubrían hasta los 70. Pero voy haciendo trabajos itinerantes, en lugar de estar anclado en los shoppings”.

Carlos Bige 4

Carlos Bige, en cambio, empezó haciendo de Papá Noel para una gaseosa y luego pasó por la agencia de Giache. Hoy, con 65 años, trabaja de manera independiente. “Soy mi propio producto, y tengo que cuidarlo al 100 por ciento. En ese sentido, no me molesta pasar el 24 alejado de mi familia: todo el año estoy con ellos y les demuestro que los quiero. No soy el único, también les pasa a médicos, policías, enfermeros y bomberos”.

Abraham Ravicovich 3

El resto del año, Bige trabaja en publicidades —lo contrataron de todo tipo de compañías— y da clases de panadería. Pero es el espíritu navideño el que lo sigue a todas partes. “Ando siempre con mi gorro de Papá Noel, y cuando los chicos me miran en el colectivo, se los muestro y les hago la seña de que se queden callados, como diciéndoles ‘shhh, estoy de incógnito’. Ahí se genera una complicidad única”, cuenta con una sonrisa y una barba que envidiarían los Santa Claus de Hollywood.

Por eso, para ellos tres (Carlos, Roberto y Abraham), esto es más bien una misión y no un trabajo. “La primera vez que lo hice recibí 5000 pesos, y aunque no me fui de vacaciones, si pagué mis deudas —agrega Ravicovich—. A veces se gana más, a veces menos, pero eso no importa: lo que llega es el cariño de los chicos”. 

Carlos Bige, en cambio, empezó haciendo de Papá Noel para una gaseosa y luego pasó por la agencia de Giache. Hoy, con 65 años, trabaja de manera independiente. “Soy mi propio producto, y tengo que cuidarlo al 100 por ciento. En ese sentido, no me molesta pasar el 24 alejado de mi familia: todo el año estoy con ellos y les demuestro que los quiero. No soy el único, también les pasa a médicos, policías, enfermeros y bomberos”.

El resto del año, Bige trabaja en publicidades —lo contrataron de todo tipo de compañías— y da clases de panadería. Pero es el espíritu navideño el que lo sigue a todas partes. “Ando siempre con mi gorro de Papá Noel, y cuando los chicos me miran en el colectivo, se los muestro y les hago la seña de que se queden callados, como diciéndoles ‘shhh, estoy de incógnito’. Ahí se genera una complicidad única”, cuenta con una sonrisa y una barba que envidiarían los Santa Claus de Hollywood.

Por eso, para ellos tres (Carlos, Roberto y Abraham), esto es más bien una misión y no un trabajo. “La primera vez que lo hice recibí 5000 pesos, y aunque no me fui de vacaciones, si pagué mis deudas —agrega Ravicovich—. A veces se gana más, a veces menos, pero eso no importa: lo que llega es el cariño de los chicos”. 

Ese entusiasmo no viene solamente de los más pequeños: una vez, una señora le pidió a Abraham si podían sacarse una foto en el trono… ¡dándose un beso en la boca! “Ella tenía 83, y lo hizo para ver cómo reaccionaba su marido. Yo le dije que no, pero simulé darle un piquito. Desde ahí, nos jodieron sin parar a mi mujer y a mí”. ¿Y cómo se lo tomó la esposa de Papá Noel? “Ella es más joven, así que es muy amplia y por suerte no hubo ningún inconveniente”, se ríe con una actitud que demuestra, en efecto, su ternura. Abraham es el abuelo que todos querríamos tener.

ACADEMIA DE SANTA CLAUS

Desde que fundó la productora, Carlos Giache fue consciente de que los actores necesitaban una capacitación especial. Por ende, en su empresa se dictan cursos y charlas para que tanto los nuevos como los veteranos sigan aprendiendo los gajes del oficio.

“En esas reuniones, cada uno cuenta sus experiencias y se van perfeccionando año a año —explica Jorge Diez, el Encargado de Logística—. Se les explica cómo se realiza el trabajo, el trato con los niños, la forma de dirigirse y la importancia del reno favorito, que es Rodolfo. También hay chicas que hacen de duendes y ayudan a los papanoeles. Ellas se encargan de que los chicos no lloren en las filas y que las esperas sean más amenas. En total, en la empresa somos más de 200 personas trabajando para Navidad. A cada uno se le entrega un guión y un manual, para que esté preparado ante las preguntas que puedan surgir. Además, todos se llevan las cartas a su casa y las leen. Eso es muy importante”.

Carlos Bige

En 2013, Roberto Behrends llegó a tener 2.500 sobres. “Lamentablemente ya no los guardo, porque me sobrepasaron. A algunos los abro y, en lugar de deseos, veo listas de supermercados. Pero otros incluso están más interesados que hace años, y me preguntan cómo voy a entrar en su casa, si no hay chimenea. Así que la magia sigue”.

En la calle, Abraham Ravicovich trata de disimular quién es. “Lo mismo en los grandes shoppings: por protección, todos usamos guantes blancos y los reemplazamos en cada descanso. También hay que cambiar de papanoeles sin que los chicos se den cuenta de que somos dos. ¿Cómo hacemos? Les explico que les voy a llevar el agua a los renos y que ya vuelvo. Ahí entra mi compañero, y todo sigue como si nada”.

Ese es uno de los momentos para el que Jorge Diez tiene que usar su instinto de logística. “Tratamos de que sean parecidos físicamente, y no que uno sea gigante y el otro petiso. Sino, los chicos se dan cuenta”.

“Parte del aprendizaje está en lograr que el nene, después de un año de espera, se vaya contento y con respuestas —señala por su lado Carlos Bige—. Muchas veces, las contrataciones se dan por intercambios de favores entre las empresas. Pero otras te enfrentás con situaciones muy duras, ya sea por las carencias o por problemas familiares. Me acuerdo que una nena me pidió: ‘Quiero que me escuchen’. Ahí la miré a la madre, como diciéndole: ‘Creo que el mejor regalo sería charlar más, ¿no?”.

DEL FACTOR PSICOLÓGICO…

Ravicovich, el Papá Noel de 87 años, también tiene historias complicadas. “Una chiquita me preguntó si yo hablaba con Dios, y no supe qué responderle. Me contestó: ‘¿Podés decirle que cuide a mi mamá, que falleció hace un mes?’. La mujer había muerto en un tiroteo, por una bala perdida. Esas cosas nos dejan mal a todos, por más que haya preparación”.

Para cualquiera, lo más complicado sería seguir interactuando con los chicos después de semejante experiencia. Pero Abraham le quita solemnidad: “Lo más probable es que el próximo te pida una lista de 30 productos que sólo podría pagar un príncipe. Muchas veces, otros me dijeron: ‘No me traigas nada, pero hacé que mis papás no se separen’. Es distinto hacer de Papá Noel en una casa con un garage para ocho autos que en un barrio carenciado”.

“Una nena de doce años me pidió que le llevara su vestido de 15, porque si no me lo encargaba a mí con esa anticipación, era imposible que lo tuviera —recuerda Bige—. El desequilibrio es grande”.

Roberto Behrends

Lógicamente, Roberto Behrends observó situaciones similares. “Una vez fui al Hospital de Niños y había una chica anoréxica. El médico me dijo que ni la visitara, porque no se podía levantar. Pero cuando entré, ella se reincorporó y me saludó. ¡Este traje tiene algo muy fuerte! Otras veces voy a barrios humildes en donde arman los arbolitos con botellas verdes, y pido una silla y me siento de igual a igual, porque quiero un contacto directo con los chicos —señala mientras se emociona—. Incluso fui a hogares de ancianos, y cuando estás en un shopping ves muchas cosas: desde una traffic que viene con inválidos desde la otra punta sólo para saludarte, hasta chicos cuadripléjicos. Podría estar destruido por lo que veo… pero por suerte, cuando me saco el traje queda todo ahí adentro”.

…AL COSTADO DIVERTIDO

Así como viven experiencias duras, estos papanoeles también disfrutan de la creatividad y la peculiaridad de su trabajo. Roberto Behrends llegó más alto de lo que pensaba… ¡y sin usar el trineo! Entre sus logros está haber actuado en una publicidad junto a Christopher Lloyd —el Doc Emmett Brown, de Volver al Futuro— y el famoso Delorean.

“Me llevaron a un estudio a las 9 pm, y nos quedamos hasta las 6 am. Tuve una charla muy linda con él. Lo agarré a eso de las 3 am, y me preguntó cuándo terminábamos, porque no daba más —dice riéndose—, Muy poca gente sabía que venía al país, y se grabó de noche para cortar el tráfico de la Avenida Cabildo. Si supiera quién me contactó le daría un abrazo, porque ni siquiera pasé por un casting”.

Otra vez le tocó ser el Santa Claus oficial de la Casa Rosada. “Fui el primer Papá Noel en ir ahí, en 2015. Saludé a Macri, a su esposa (Juliana Awada) y a su hija, Antonia. Antes de entrar pensaba: ‘¿Qué carajos hago acá?’. Está bueno mirar atrás y decir: ‘¡Fijate lo que lograste!’”.

Abraham Ravicovich 2

Más allá de que sea un trabajo, Roberto Behrends, Carlos Bige y Abraham Ravicovich sienten que llegaron al mundo para esto. Incluso, el primero rechazó el papel de una película porque le ofrecían encarnar a un Papá Noel malvado. “Sentía que traicionaba lo que había hecho por más de 30 años, que era llevar alegría y paz”, dice.

Aunque los chicos suelen pedirles los deseos a ellos, este año en VICE decidimos hacer lo contrario: que los propios papanoeles elijan sus regalos. Ravicovich aprovecha para ser agradecido: “Sobre todo con la mente que todavía me funciona, con la vida y con mi familia. Papá Noel es como un billete de lotería. Sabés que en el 99 por ciento de los casos no vas a sacar nada, ¿pero y si se te da? Esa ilusión es la que mantiene la Navidad: que todo puede realizarse y que con esfuerzo se llega. Por eso les aconsejo a los chicos que sean buenos con los animalitos, que ayuden a los mayores y que no rompan las plantas. Básicamente, que hagan un mundo un poco mejor”.

Carlos Bige también da un mensaje positivo. “Quisiera que hubiera más comunicación, porque la gente vive como zombie. Si un extraterrestre llegara, se encontraría con personas hablando solas por la calle. Estamos aislados. Si queremos ver tele, en vez de pedir un televisor para cada cuarto, ¿por qué no compartimos un programa juntos?”.

“Mi deseo es que no estemos tan enfrentados, con intereses, problemas de trabajo y hambre —finaliza Roberto Behrends, casi con lágrima—-. En algunos lugares hay gente que dice: ‘Quiero cambiar el auto, porque este ya quedó viejo’, y en la cuadra siguiente hay otro al que le falta el agua. Brindo para que se balancee un poquito la cosa, y que las fiestas nos devuelvan la magia. Y por último… ¡ho ho ho, Feliz Navidad!”.

Sigue a Fabrizio en Twitter.

Anuncios

Comentar

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s