Bad Religion: “La raza humana se destruirá a sí misma”

Brian Baker reflexiona sobre “Age of Unreason”, el decimoséptimo disco de la banda. Además habla de la falta de cordura, las armas, su recuperación del alcoholismo y los peores años del grupo. Todo eso, antes de tocar en el Luna Park con The Offspring.

Por Fabrizio Pedrotti, para Rock.com.ar.

Sin lugar a dudas, los últimos tiempos fueron de los más convulsionados desde el nuevo milenio: por ejemplo, con países de ideologías extremistas y presidentes ignorando el cambio climático, funcionarios con discursos de segregación y naciones queriendo cerrarse al mundo (como Gran Bretaña y el famoso Brexit).

Pero en medio de tanto revuelo hubo una constante: Bad Religion, haciéndose eco de las problemáticas sociales. La intención del grupo, a lo largo de estas casi cuatro décadas, no fue modificar la ideología de nadie, sino alentar a que cada uno piense por sí mismo. O en otras palabras, impulsar el razonamiento. 

El guitarrista líder Brian Baker, que se unió hace más de veinticinco años y es uno de los pilares de la banda, está de acuerdo. “A veces nos preguntan si nuestra música genera un cambio, y la respuesta es que no. A eso lo causan quienes nos escuchan -dice desde su casa en Nueva Jersey, a punto de viajar a Sudamérica-. El propósito de Bad Religion es tratar de que cada uno le encuentre explicaciones a las complejidades de la vida. Es un tópico que nunca queda viejo, y que atravesó al grupo desde el principio. Siempre hay algo nuevo para aportar”.

-¿Y no les sucede lo contrario en canciones como “Kyoto Now!”, que quedaron ancladas a una época?

-Sí, ese es un problema, pero la mayoría de los temas tienden a no ser súper específicos. Por ejemplo, el Acuerdo de Kyoto no está más en discusión -entró en vigor en 2005-, pero Brett (Gurewitz, guitarrista) lo escribió desde la perspectiva del momento. No todos van a ser relevantes siempre, aunque en la “columna vertebral” de nuestros discos, hicimos un buen trabajo al no componer cosas que interesaran por un corto tiempo. Ya no tocamos “Kyoto Now!”, por ejemplo. Pero mejor, porque es muy difícil. Tiene un montón de acordes y es un quilombo (risas). 

Esa fórmula, de crear himnos que no se extinguieran en el futuro, fue la misma que aplicaron para “Age of Unreason” (2019), su decimoséptimo disco de estudio. Aunque el oyente pueda leer entre líneas y el mensaje sea más que claro, las referencias van a continuar frescas por muchos años.

Una de las ideas centrales del material (que fue co-producido por Carlos de la Garza) era mostrar el grado de insanidad al que llegamos como sociedad contemporánea. “Si aprendimos algo de la historia, es que los humanos fuimos bastante crueles los unos con los otros -agrega el guitarrista, que también fue miembro original de Minor Threat-. Suena simple, pero faltan valores básicos como el entendimiento, el cariño hacia los demás y el respeto por los animales”.

-Personalmente hablando, ¿cuándo creés que perdimos la cordura?

-(Piensa). Me parece que estábamos yendo bastante bien y dando grandes pasos hacia la equidad global, con una ausencia de “blancos y negros”, hasta los últimos tres o cuatro años. No es un problema sólo de los Estados Unidos, sino también de la Argentina y de otros países, en donde los partidos de derecha y nacionalistas ganaron tracción. Eso está muy lejos y en contra de lo que Bad Religion siempre manifestó. Esperamos que este disco aliente a que la gente piense por sí misma y no se quede callada, porque son conductas irracionales.

-Recién mencionaste la ausencia de “blancos y negros”, y justamente en “The Gray Race” (1996) postulaban que el ser humano era el único que podía ver grises. Parece que eso se hubiera diluido, ¿no?

-Sí, totalmente de acuerdo. Y wow, ¡salió hace veintitrés años! Te muestra cómo las cosas cambian rápidamente. Ya no distingo puntos medios, al menos políticamente, y es triste. Pero no tengo paciencia para la gente que apoya esta agenda política racista y el nacionalista. No hay debates constructivos, es como si estuvieras “en lo correcto” o “equivocado”, dependiendo de lo que pienses. Sin embargo, aún tengo esperanzas. En todos nuestros discos hay fe en la humanidad, y creo que somos muchos los que queremos que cambie esta falta de razón y sanidad.

LA ERA DE LA PARANOIA

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“Age of Unreason” es el primer álbum de la banda luego del recordado “True North” (2013), y cuenta con catorce canciones. En el medio, el cantante Greg Graffin editó un trabajo solista; y entraron al grupo el guitarrista Mike Dimkich (ex The Cult) y el baterista Jamie Miller, en reemplazo de Greg Hetson y Brooks Wackerman.

En cuanto a la composición, son Graffin y Gurewitz quienes siguen llegando con las ideas. Sin embargo, este último continúa alejado de las giras y dedicado al sello Epitaph. En el disco subyace la impronta clásica de Bad Religion (en “Chaos From Whitin” y “Faces of Grief”, co-escrita por Baker), pero también nuevos sonidos. Y no es un cliché.

-En una entrevista decías que tenían tres tipos de canciones: las rápidas, las muy rápidas y las lentas. Con “Age…” pareciera que hubieran ido a una cuarta rama, con temas grooveros como “Big Black Dog”. ¿Cómo fue explorar esos espectros?

-Bueno, supongo que podría entrar en los “lentos”, pero entiendo adonde vas. Creo que las categorías deberían ser: “rápidos”, “muy rápidos”, “lentos” y una llamada “realmente amamos a los Rolling Stones” (risas). La canción es asombrosa, amo tocar ese tipo de guitarras. El solo de la viola es… bueno, vos sabés cómo suena, ¡como los Stones de “Sticky Fingers”! Keith Richards es un gran héroe, y Mick Taylor también. Espero que podamos tocarla en vivo. Todavía no la probamos, pero hay una chance de que la preparemos para Sudamérica. 

-Las letras de Brett suelen ser románticas, y las de Greg más políticas. Al decidir qué queda en el disco, ¿hacen algún balance, para que haya un poco de todo?

-No realmente. Las que se incluyen son las mejores, y no importa quién las escribe o si son sociológicas, románticas o sobre la naturaleza. Tratamos de sentir, al final de la grabación, cuáles son las más potentes. Y eso se da por un número de cosas, no solamente las letras. Como en varios aspectos de Bad Religion, no hay un plan: simplemente sucede sin reglas, y este álbum no es la excepción.

-Otra de las temáticas de “Age of Unreason” es la paranoia sobre la tecnología, y la sobreinformación constante. ¿Creés que en algún momento se va a convertir en una amenaza imparable?

-No pienso que vaya a existir un robot diabólico que tome el control del planeta, sino que nos vamos a destruir nosotros mismos. Ojalá que todo lo que aprendimos de las nuevas tecnologías beneficie a la humanidad. No me asusta un posible ataque “autónomo” de una criatura programada por una computadora. Además, espero que la ciencia no nos defraude creando algo que nos destroce.

-Así que la mayor amenaza de los humanos seguimos siendo nosotros, ¿no? 

-Absolutamente, y siempre fue así. Me da más miedo ver cómo aniquilamos el planeta, en lugar de que Amazon sepa qué tipo de medias prefiero comprar.

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-¿Y esa visión cambió cuando creciste? Porque muchas veces, al convertirnos en adultos, nos preocupa más el futuro de nuestras familias que el propio.

-Sí. Imaginate que no tengo hijos, e igual lo siento como decís. Me preocupa la humanidad entera, y no puedo creer que, aunque las cosas se simplifiquen y la ciencia avance, ignoremos que hay que cambiar cómo tratamos al planeta. Ocurre por el beneficio económico de unos pocos, y por su nulo interés hacia la sociedad.

-Cuando le preguntaron al bajista Jay Bentley por el incremento de las armas en Norteamérica, opinó que, al decir que las prohibirían, más gente quiere comprarlas. ¿Coincidís con él?

-(Piensa). Bueno, no. No creo que nadie deba tener una, y en los Estados Unidos hay una pequeña franja a la que sólo la hace sentir bien la Segunda Enmienda de la Constitución, que supuestamente avala la acumulación de escopetas. Es verdad que cuando hay revuelo en el país sobre el control de las armas, más se compran, pero es un porcentaje insignificante. No todos los norteamericanos caminan con una pistola, es una parte muy pequeña de personas que le tiene miedo a todo. Les asusta la gente de color, el cambio, la automatización, la internet… piensan que pueden protegerse con un arma. Pero te doy una noticia: un montón de estadounidenses no son muy inteligentes (risas). 

-Metiéndonos de lleno en los shows: desde que entró Jamie (en 2015), notaron que a varias canciones las hacían rapidísimas. ¿Te acordás de cuáles eran?

-Sí, nos pasa a casi todas las bandas. Si tocamos los temas por muchos años y no revisamos los discos, adoptamos un tempo que nos parece normal. Básicamente, lo que aprendimos con él fue que había que re-escuchar los álbumes. Y pensamos: “Dios mío, no nos habíamos dado cuenta de cuán lentos eran”. Un gran ejemplo es “No Control” (1989), en donde las canciones agresivas son rápidas, pero ni siquiera se acercan a la velocidad que alcanzamos en “The Process of Belief” (2002). Así que tocábamos todo en una versión demasiado acelerada. Ahora nos dimos cuenta de que sonaban mucho mejor en las formas originales… ¡porque así habían sido escritas! (risas). Fue un placer haber vuelto a “lo real” de esas canciones, y respetar los tempos y las formas. En estos años, yo también me había armado mis propias “partes de guitarra” y me había olvidado de cómo las había grabado. Admito que no paso demasiado tiempo escuchando a Bad Religion, porque nos veo en vivo casi todo el año (risas). Creo que ahora sonamos excelentes, mucho mejor que nunca. Jamie es una parte enorme, al ser un tremendo baterista y un gran amigo. 

ENTRE LAS SOMBRAS Y LA LUZ

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Más allá de que hayan sobrevivido a varias tempestades, hubo una etapa que no fue tan entretenida para Bad Religion. Desde la partida de Brett Gurewitz en 1994, hasta su vuelta en 2002, la banda sacó discos aclamados como “The Gray Race” (1996), pero también navegó por aguas oscuras. Por suerte, eso se transformó. 

-Para “No Substance” (1998) compusieron todo en el estudio, y no quedaron conformes. Así que hicieron exactamente lo opuesto en “The New America” (2000), intentado revertir los resultados. ¿Cómo ves aquella era confusa, después de tantos años?

-Tengo cariño por ambos y hay canciones que realmente amo, aunque son un ejemplo de que todavía nos estábamos encontrando. De “No Substance” aprendimos que era mejor entrar al estudio preparados, y que no somos una banda que crea el material de la nada. Necesitamos ponerle un trabajo muy serio a la música antes, y esa fue la gran lección. En “The New America” colaboramos con un productor (el afamado Todd Rundgren) que intentó orientar al grupo hacia cierto estilo. Hay varias canciones que no son necesariamente… ¿cómo decirlo? Agresivas. Son medio inocentes, y las letras no quedaron muy bien definidas. Ahí aprendimos que los mejores para producir a Bad Religion eran Brett y Greg. Y desde ese disco, ellos dos preparan todo muy cuidadosamente y son parte del equipo. Tenemos una carrera larga y no todos los discos van a ser un diez, pero a lo largo de diecisiete álbumes, creo que nuestro “ratio” es bastante bueno.

-Varias veces dijiste que los tres violeros tienen un sonido que los diferencia. Más allá de que seas el que graba casi todo, ¿cómo describirías el estilo de cada uno?

-Brett toca de forma única. No es “rock and roll”, sino que se vincula a bandas como Sonic Youth. Sería excelente en un grupo como el de Tom Waits. Es un gran arreglador y tiene un tono especial, y un gran ejemplo es que él hizo el solo de “Sorrow”, que la mayoría conoce. Es su estilo: no lo sobrecarga, y el toque es cálido y hermoso. Mike Dimkich suena a Steve Jones, de los Sex Pistols, y también a los Clash. Es tradicionalmente punk y fue influenciado por Johnny Thunders, así que su vibra es muy de fines de los ’70s, más clásica. Y yo toco las estupideces (risas). Soy el que ama a Angus Young y a Eddie Van Halen, y cuando escuchás algo con muchas notas o que sobresale porque no es muy punk, seguramente sea yo. Ya sabés de qué momentos hablo.

-Cuando Brett se une esporádicamente a algún show, ¿cómo distribuyen las partes de cada uno?

-Bueno, él simplemente hace lo que le da la gana (risas). Mike y yo tocamos igual que cuando somos cinco. En los discos hay overdubs que pasan desapercibidos, pero al escucharlos con auriculares, notás una tercera o cuarta guitarra. Así que mete esas cositas “secretas”, porque ve el espectro completa de una forma mucho más clara. A veces toca lo mismo que Mike y yo; y cuando hace coros lo simplifica bastante, para concentrarse en eso. Por ahí ni siquiera ensayamos, simplemente sube. Pero de eso se trata el punk, ¿no?

Parte de esa filosofía va a quedar reflejada en el libro que el grupo editará el año que viene, conmemorando sus cuatro décadas. “Lo escribió un gran amigo llamado Jim Ruland -dice Baker, en referencia al coautor de la biografía de Keith Morris-, y abarcará toda la carrera de Bad Religion. Habló con cada uno de nosotros por días y días. La historia es interesante y fascinante: cómo empezó la banda, lo que pasó en el medio y dónde estamos ahora. Me parece que es excelente, y aparentemente saldrá en agosto o septiembre de 2020”. 

Sin embargo, acá tampoco hay reglas. “Todavía estamos trabajando en muchas cosas, como elegir el título -se ríe-. Aún no tenemos un nombre, pero seguro que habrá uno. Cuando terminemos esos aspectos, los fans van a disfrutarlo de verdad. ¡Incluso yo aprendí cosas sobre el grupo!”, cuenta Baker entre carcajadas. ¿Cómo no creerle?

DEJANDO ATRÁS LO NOCIVO

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En el último tiempo, a Brian se lo vio más saludable arriba (y abajo) del escenario. Y tampoco es un cliché. ¿El motivo? El guitarrista, nacido en 1965, se recuperó de su dependencia al alcohol. “Entré a una clínica de rehabilitación hace siete años, porque no podía dejar de tomar. La bebida se había adueñado de mi vida, me había cansado y no funcionaba más de esa forma -confiesa sin pudor-. Necesitaba ayuda, y afortunadamente la recibí. Fue lo mejor que hice. Ahora estoy muy feliz, y no podría ni imaginarme volver a ese estilo de vida”. 

-¿Y por qué pensás que te convertiste en un adicto?

-Al ser músico es como si tuvieras una infancia extendida, y el ambiente en el que te movés te lleva a pensar eso. Te ofrecen un trago, “porque así es el rock and roll”, y accedés. Salís de gira, te encontrás con amigos y no tenés que aparecer en la oficina a las nueve de la mañana. Es un estilo de vida muy libre, y no es que “me hice alcohólico”. Pienso que ya lo era de por sí, y que después de un largo tiempo, mi calidad de vida fue directamente inaceptable.

-En los ‘90s, por ejemplo, llegaste a tomar 16 latas de Coca-Cola por día. ¿Encontrás alguna relación entre ambas patologías?

-Sí, y te demuestra el comportamiento obsesivo que tenía. Creo que todos entendemos que las gaseosas causan problemas muy serios, así que no reemplacé el alcohol con eso. En realidad encontré esta cosa nueva llamada “agua”, que parece ser bastante sana para los humanos (risas).

-¿Tu adicción llegó a afectar los shows de Bad Religion?

-(Piensa). Mirá, me las arreglé para mantenerme estable por el grupo. Nunca tocaba borracho, por ejemplo: esperaba a que el concierto terminara, e inmediatamente iba y tomaba. Los recitales fueron siempre muy importantes para mí, y soy muy afortunado porque muchos músicos no pueden subirse así. En mi caso se me volvía catastrófico cuando no giraba, porque me pasaba en casa varios meses y no tenía nada para hacer, así que me juntaba con otros amigos ebrios. Se volvió inmanejable, y simplemente no podía permitir que algo externo me controlara. Prefiero estar con los pies en la tierra, y espero ser de ayuda para alguien que pase por lo mismo. 

Bad Religion presentará “Age of Unreason” el jueves 24 de octubre en el Estadio Luna Park (Av. Eduardo Madero 420, Buenos Aires), junto a The Offspring y Charlie 3. Las anticipadas se consiguen a través de TicketPortal. 

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