Massacre: “Una vez hasta nos preguntaron si éramos de la trova rosarina”

Walas afirma que la prensa fue muy importante en todas las etapas de su vida artística: durante el underground, el culto y el mainstream. “Si no hubiese sido músico, hubiese sido periodista de rock”, cuenta.

Es conocida la vinculación del cantante de Massacre con la escena underground de los ’80s. A los 15, Guillermo Cidade (como figura en su DNI) se escapó de casa y decidió andar en skate. Eso lo vinculó con los reci­tales punk de la época y con una especie de familia que componía el ambiente de aquel entonces. Por un lado estaban los artistas y el público, y por el otro un ele­mento que lo marcó desde chico: la prensa.

PRIMERA DIMENSIÓN: EL UNDERGROUND

El joven Walas amaba las letras, la intelectualidad y la prosa de perso­najes como Enrique Symns, Tom Lupo, Gabriel Levinas y Miguel Grinberg. “Aunque me parecía un héroe Pil Trafa, en el fondo admi­raba más a los periodistas. Eran una especie de representantes del Olimpo, de escribas… como si fué­ramos los griegos y ellos se encar­garan de bajar los mandamientos –cuenta–. Nos guiaron y dieron un contenido filosófico e ideológico. Si nos gustaban grupos como The Clash, teníamos que ir a buscar la traducción de las letras. En cam­bio, a ellos los teníamos al alcance de la mano”.

Los periodistas de aquella contra­cultura se manifestaban mediante revistas más o menos bien impre­sas o a través de fanzines fotoco­piados. Walas tuvo un acerca­miento con estos últimos porque eran sus coetáneos, como Patri­cia Pietrafesa y Marcelo Pocavida.

SEGUNDA DIMENSIÓN: EL CULTO

Una vez que formó Massacre Pales­tina, el músico empezó a ser revi­sado y comentado. “Con el grupo, gozamos de ese estado durante quince años. ¡La crítica era buení­sima con nosotros! Si no tenés éxito comercial, puede ser por dos moti­vos: porque lo que hacés es una cagada, o porque adquirís la simpa­tía del periodismo especializado”.

-A principios de los ’90s, esos periodistas que seguías empe­zaron a apoyar tu música.

-Claro, y también sus sucesores, que escribían columnas especiali­zadas: Alfredo Rosso, Claudio Klei­man, Sergio Marchi, Marcelo Mon­tolivo y Marcelo Fernández Bitar.

TERCERA DIMENSIÓN: EL MAINSTREAM

Por más que Massacre había tenido apariciones esporádicas en el cir­cuito comercial, la verdadera explosión se dio con “El Mamut”. En marzo de 2011, el cantante fue tapa de Rolling Stone.

-¿Cómo fue el paso del culto al mainstream?

-Empecé a ser generador de conte­nidos y un dador de respuestas que la gente espera que yo dé. En algu­nos casos son sensaciones lindas y gratas, y en otros se hace aburrido. Soy seguro y complaciente, con lo cual por más que me pregunten algo que no sé, me las voy a rebus­car para responder. Hay una anéc­dota con la que nos reímos siem­pre: estábamos en Paraná, y un periodista quiso saber cuál era la vinculación entre Massacre y la trova rosarina de Baglietto, Silvina Garré, Fito Páez… Cualquier ser humano hubiera dicho: “ninguna, en absoluto”, pero yo tuve que buscar en mi cabeza y vincular algo impo­sible de conectar. Pude zafar, pero el tipo era un desinformado total. Tuve que encontrar una salida para no quedar mal con Fito Páez, con el periodista, con Rosario o con Paraná (risas).

-De esas tres dimensiones, ¿cuál fue la que más disfru­taste?

-Ser de culto, porque me encan­taba ir a programas con una pila de discos, que me preguntaran cosas y mostrar rarezas. Es algo que no puedo hacer ahora. Soy melómano y buscador de tesoros, y lo que más me atraía de los ’90s y el 2000 era cuando Marcelo tenía un programa y me llamaba para que pasara música durante horas. Me encantaba, así como hacer coberturas. Si no hubiese sido músico, hubiese sido perio­dista de rock. Me gusta ir a los móviles que ponen en los festiva­les, estar ahí hablando y opinando media hora antes de que toque cualquiera. Creo que cuando no era mainstream llevaba la vida que más me gustaba.

-Hubo un punto de quiebre con la salida de “El Mamut”. ¿Cómo vivieron el impacto de pasar tantos años en las sombras a ser reconocido por todos?

-Nos sorprendió. Estábamos acos­tumbrados a que cada disco tuviese una tibia acogida dentro de la prensa. Sabíamos que iba a sonar re bueno y que iba a tener buenas críticas, pero no que iba a ser votado como mejor CD del año, que iba a ganar esa cantidad de premios ni semejante repercusión de ventas. Lo mismo pasó con “Ringo” (2011), pero ya estábamos acostumbrados. En “El Mamut” tuvo mucho que ver la producción artística de Juanchi Baleirón, que lo sacó re bueno y armó un sonido genial. PopArt tam­bién, por la parte ejecutiva y la dis­tribución. Lo que nos pasaba antes era que sacábamos un disco y la prensa decía que estaba bárbaro, pero no llegaba a ningún lado. Lo tenían algunos porteños, y lo máximo era llevarlo a Córdoba, que alguien se lo grabe a los demás. El éxito nos tomó por sorpresa.

-Ahora ya están más cómodos.

-Sí, más asentados. Veo amigos que empiezan a ser más nombra­dos y que sufrieron el mismo fenómeno que nosotros, de ser muchos años ignorados y luego aparecer en los medios. Un ejem­plo es Marcelo Pocavida: ahora que le dan bola, está chocho. Está viviendo la novedad de ser tenido en cuenta. Lo veo eufórico, copado y contento. A eso ya lo pasé y me parece más de lo mismo.

-Le ocurre a bandas de primerí­sima línea… ¿hubo una presión mayor al momento de compo­ner “Ringo”?

-Totalmente. Después de un disco exitoso, el siguiente tiene que ser un fracaso o sostener el título. En el caso de los artistas que transan, repiten la fórmula. Muchos músi­cos dicen “con esto la pegué”, y se plagian a sí mismos.

-¿Tenés miedo de que te pase algo similar?

-Sí. No mucho, porque me conozco y sé que siempre voy a tener cucha­radas de contracultura. Mi temor es aburguesarme y no darme cuenta, escuchar mis primeros discos y pensar: “¿Esto es lo que estoy haciendo ahora?”. Tengo bastante fobia a dejar de ser de vanguardia y pasar a ser uno más. No me gusta, siempre me crié en un ambiente alternativo, entonces no quiero abandonar este status. No busco ser Aerosmith, sino Pixies, Sonic Youth o Radiohead… esos grupos que coquetean entre el éxito y lo artístico. Me agarran crisis, pienso: “¡No quiero tocar para esta marca, que cuando era adolescente leí que financió una guerra!”. No me inte­resa para nada ser lo máximo, por­que lo masivo nunca me gustó. Un número uno es el que se pone la camiseta argentina en el videoclip para que le compres el disco. Yo soy el que no buscaba que lo ala­ben, el que hacía cosas jodidas como Joy Division o The Sex Pis­tols, que salían a que los odien… aunque también necesito que me quieran (risas).

-¡Sí, no te olvides de que fuiste tapa de la Rolling Stone!

-Claro… pero prefiero quedarme en la línea de Sonic Youth (risas).

Por Fabrizio Pedrotti.

Entrevista publicada en la revista Dale, noviembre de 2012.

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