Massacre en el Teatro Vorterix: capitanes de mar y guerra

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Por Fabrizio Pedrotti, para la Revista Soy Rock #93 (enero de 2015).

Foto de Facundo Suárez.

El tipo tiene un sombrero de corsario, de esos que ilustrarían muy bien un libro de Julio Verne. Mira al océano, como si la explanada no tuviera fin, y saluda a las gaviotas. Ahora se pone un casco de batalla, y las explosiones de Vietnam no paran de retumbar. Corre, se agita e intenta pasar desapercibido en el medio de los campos de combate. Por último agarra una máscara, se apoya las manos en la cintura y observa a la platea como una súper vedette. Todo esto… con la panza al descubierto.

Walas es mucho más que un personaje de ciencia ficción: arriba del escenario sabe guiar al público por diferentes climas y épocas, sin que nada parezca inventado. También se ríe de sí mismo cuando tira sus piropos (“Gracias, caramelo de mi vida” o “Un beso, mi negro”), y recomienda continuamente bandas, libros y discos.

“Tratándose del último show del año, vamos a hacer todos los rituales posibles”, aclara de entrada. No falta el muñeco del niño desnudo con el que sale a cantar “La Octava Maravilla”, ni la pistola de colores con la que le dispara al guitarrista Pablo Mondello en “Mi Mami no lo Hará”. “¡Encuesta! –grita en reiteradas ocasiones-. ¿Prefieren a David Gilmour o a David Guetta? ¿Y a Peter Capusotto o a Peter Alfonso? Para todos esos interrogantes, la respuesta es Massacre en vivo”.

El baterista Charly Carnota se luce en la épica “Adiós, Caballo Español”, Fico Piskorz dispara sonidos espaciales todo el tiempo y el bajista Bochi Facio no para de mover la cabeza ni un segundo. De sus últimos trabajos –los geniales El Mamut (2007) y Ringo (2011)- suenan algunos como “Celebrity”, “Tanto Amor” y “Tengo Captura”, alternados con muchas joyas viejas como “Sembrar, Sembrar” y “Majestial”. El recital termina con “Rape Me” (de Nirvana) en la que Mondello conecta su guitarra directamente al amplificador, sin pedales.

Por casi dos horas, la banda juntó a soldados, vedettes y corsarios en una historia que siempre se sabe cómo empieza, pero jamás cómo termina. Con Massacre, algo sí es seguro: ningún parecido con la vida real es pura coincidencia.

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