Accept: “Mark Tornillo es mucho más versátil que UDO”

Wolf Hoffmann analiza “The rise of chaos”, apunta a sus excompañeros y recuerda las veces que se incendió sobre el escenario. Todo eso, mientras adelanta el show del Teatro de Flores.

Por Fabrizio Pedrotti, para Rock.com.ar.

“Para Andy Sneap tenemos un sonido muy alemán, y es lo que ama de nosotros. Es raro, porque no somos conscientes. Creció escuchándonos, así que fue útil que nos produjera -explica el guitarrista de Accept sobre quien trabajó por cuarta vez con ellos-. En 2009 estábamos inseguros sobre cómo debía sonar el grupo: ¿teníamos que innovar o ser un calco de la vieja época? Él nos hizo escuchar los discos y nos remarcó cosas que habíamos hecho sin pensar, pero que significaban mucho”.

A Wolf Hoffmann, que co-fundó Accept hace más de cuarenta años, ese approach le fue revelador. Al margen de que la banda contara con más de una decena de lanzamientos, le demostró qué los había convertido en uno de los grupos más importantes del heavy metal. “Nunca habíamos hecho algo así -agrega el alemán desde su casa en Los Ángeles-. En lo personal me ayudó porque nunca vuelvo a escuchar un disco una vez que lo termino”.

-Lo que odiabas de los productores de los ‘80 era que ponían -sin avisarte- efectos como el Eventide Harmonizer. Imagino que Sneap no, y que por eso logró producirles cuatro álbumes seguidos.

-(Risas). Sí, creo que nos complementamos bien. Es un verdadero fan del metal, mientras que la mayoría de los tipos con los que habíamos trabajado venían de un mundo distinto. Nunca entendían del todo lo que intentábamos hacer, y aunque ponían lo mejor, no lográbamos sentirnos como con él. Andy es uno más de nosotros.

-¿Planean trabajar de nuevo juntos?

-Sí, y ojalá que tenga tiempo. Ahora está girando, pero ya lo hablamos. Este tour -se refiere al que encaró con Judas Priest- no va a durar para siempre, así que esperemos que encuentre un hueco para producirnos. En general no componemos estando de gira, así que algún día nos encerraremos y no saldremos del estudio hasta que hayamos terminado. El momento no llegó, pero tampoco falta mucho.

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En la historia de Accept hubo pocas constantes: Wolf Hoffmann, junto con el bajista Peter Baltes, son los únicos miembros fundadores. Algo típico para una banda con más de cuarenta años en la ruta. Pero hay otro ingrediente fundamental -y casi desconocido- que permanece desde hace décadas: Gaby “Deaffy” Hauke, compositora y esposa del guitarrista.

-En “The rise of chaos” (2017), Deaffy aportó ideas para canciones como “Die by the sword”. Dado que Mark también escribe, ¿cómo se dividen los roles?

-Lo que hace ella, en general, son los conceptos. Es lo más complicado de lograr, porque una vez que tenés la historia y el título, el resto fluye. Y eso es lo que pasa la mayoría de las veces: ella llega con una idea y se la damos a Mark para que ponga las palabras. Así que no son dos letristas “compitiendo” ni nada por el estilo. Él es muy bueno, y además somos afortunados de aún tener a Gaby sumando ideas para las tapas y las canciones.

-“Koolaid” se basa en un pastor que mató a un montón de gente con una mezcla de drogas y venenos. ¿Creés que el mundo es más falso que hace unos años?

-Totalmente, mucho más de lo que desearía. ¡Hoy no sabés en quién confiar! Siempre que a alguien no le gusta una noticia dice que es “falsa”, y supuestamente todo es mentira. ¿Quién carajo sabe la verdad? La idea de esa canción es decir: “Ey, usá tu cerebro”, y cuestionar a las autoridades y los superiores… pero también es aterrador si lo llevás al extremo y no creés en absolutamente nada. Son tiempos espantosos.

-¿Y eso es culpa de los políticos, de los medios o de la sociedad?

-Creo que un poco de todos, y también de las redes sociales. Para mí, uno de los aspectos más complicados de las noticias es que los robots controlan qué artículos vemos en nuestros iPhones y televisores. Más que nada en los teléfonos: si tu celular se da cuenta de que te gusta la ideología de izquierda o de derecha, recibís siempre posteos alineados con esa forma de pensar. Así que nunca llegás a una visión objetiva, y eso divide un montón de países: estás de un lado o del otro, y no hay grises. Me encantaría que no fuera de esa forma, pero lo veo en Europa, en los Estados Unidos… las sociedades de todo el mundo están partidas al medio. Es aterrador.

-Una alternativa sería ser un “hombre analógico”, como plantea Mark en otro tema del disco. Pero ya lo dijiste vos: tampoco se puede llevar al extremo.

-Absolutamente, lo sé. Obvio que “Analog man” no debe ser tomada 100% en serio, pero a veces está bueno pensar en apagar toda la mierda y volver a las viejas épocas. Supongo que no podemos, ¡a menos que nos vayamos a una cueva! (risas).

-En “Balls to the wall” (1983) hablaban sobre la sociedad despertándose y haciendo una revolución. ¿Creés que eso ya sucedió, o que aún está por llegar?

-Pasó muchas veces en la historia, sino fijate en la primavera árabe -se refiere al conflicto entre 2010 y 2013-. No hay ningún político que pueda quedarse en el poder cuando la gente realmente se une, se rebela y dice “basta, es suficiente”. Ni todos los militares ni las fuerzas de seguridad del mundo juntas pueden frenarlo. El resultado depende de diversos factores, pero no se puede oprimir al pueblo para siempre.

EL RENACIMIENTO DE ACCEPT

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Después de varios años inactiva, la banda alemana volvió a las pistas en 2009. Y además de tener a Hoffmann y a Baltes, Mark Tornillo reemplazó al histórico cantante Udo Dirkschneider. La tradición demuestra que pocos grupos salen indemnes ante semejantes cambios, y que la receta para lograrlo es una sola: lanzar discos constantemente y no desaparecer del mapa.

En siete años, Accept editó cuatro álbumes de estudio y uno en vivo. “Blood of the nations” (2010) fue la primera piedra de la nueva etapa, a la que le siguieron “Stalingrad” (2012), “Blind rage” (2014), y los recientes “Restless and live” (2017) y “The rise of chaos” (2017).

Pero reactivar semejante maquinaria no fue tan fácil. “Para ‘Blood…’ tuvimos que encontrar un sello y producirlo nosotros, por ende nos llevó más tiempo desde que lo anunciamos. No habíamos compuesto nada, ¡y ni siquiera teníamos compañía!”. Afortunadamente apareció Nuclear Blast. Hoy completan la banda el guitarrista Uwe Lulis y el baterista Christopher Williams.

-En el pasado, Peter Baltes cantó en “Primitive” y “The king”. ¿Es posible que vuelva a colaborar en las voces?

-Sí, lo pensamos varias veces, pero no se dio una oportunidad justa ni un tema en particular. Una de las razones es que Mark es muchísimo más versátil que UDO. Incluso si tuviéramos una balada, nos preguntaríamos: “¿Debería cantarla Mark o él?”. Hace algunos años, eso siempre le tocaba a Peter.

-Hablando sobre exmiembros, ¿es cierto que al despedir a David Reece -cantante entre 1988 y 1989- lo abandonaron en un hotel y simplemente se fueron?

-¡Sí, fue así! Qué gracioso que lo menciones. ¿Te lo conté yo o él? Porque es la verdad.

-No, lo dijiste en una entrevista de aquella época.

-Ah. Nos escapamos, separamos la banda y lo dejamos ahí. Nos fuimos sin él, sin avisarle. La noche anterior habíamos tenido una pelea, después de haberle advertido un millón de veces “no hagas esto ni lo otro”, y no nos había dado bola. Lo abandonamos en un hotel en el medio de la nada, en algún lugar de los Estados Unidos (se ríe). ¿Por qué? Porque nos quedó claro que con él no había un futuro posible.

ENTRE EL VOLUMEN Y EL FUEGO

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-Tu sonido característico se llama “The voimiting cow”, y combinás tres o cuatro pedales. Con esa configuración grabaste “Neon nights” y “Protects of terror”. ¿Cómo llegaste a ella?

-Probando constantemente diferentes efectos y órdenes. Era el pibe que se pasaba años en el estudio buscando nuevos ruidos. Todavía me fascina hacerlo, pero en aquel momento eran equipos analógicos, a prueba y error. Nos fijábamos de conseguir el Marshall perfecto, la mejor guitarra, los pedales y los micrófonos más caros. Después, veíamos en qué orden los conectábamos. Mi pedalboard era gigante y lo modificaba a cada rato. Así que un día me topé con ese sonido, pensando: “¿Qué pasaría si mezclara éste con aquel, y los enchufara de tal manera…?”. ¡Y wow! Quedó muy bien. También probé en el orden inverso, así que pasé horas incontables tratando de perfeccionarlo.

-¿Cómo trasladás eso a los shows?

-La verdad es que no se puede conseguir siempre el mismo sonido. Cada día es diferente cuando giramos, incluso con las acústicas de los lugares. Eso aplica para todos, hasta para la batería o la otra guitarra. Hacemos lo mejor que podemos. Hace cinco o seis años encontré una nueva herramienta llamada Kemper Amp, que me permite samplear mi propio sonido y llevarlo de gira, así que gracias a Dios esos problemas se terminaron. Es un aparato chiquito y perfecto, lo fabrican en Alemania y puedo obtener el sonido de mis viejos Marshalls.

-Y pensar que hace décadas construías tus propios amplificadores…

-¡Sí, todavía tengo algunos! En los ‘70s y ‘80s no podíamos comprarlos, éramos pibes hambrientos, sin plata y buscábamos lo más majestuoso del planeta (risas). Yo tenía un ampli verde, otro marrón… todos eran diferentes y horribles como la mierda. Como queríamos una pared entera de Marshalls y siempre fui un tipo habilidoso, dije: “¡Al carajo! Es sólo una caja de madera con un parlante adentro, no es cirugía cerebral”. Así que terminé construyendo un montón de amplificadores que me duran hasta hoy. No los llevo más de gira, pero funcionan perfecto. De hecho, podés verlos en la tapa de “Restless and wild” (1982).

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-Y usaban seis para cada guitarra, otros seis para el bajo… imagino que eran una pesadilla para los sonidistas.

-Sí, un infierno. Las guitarras ni salían por el P.A., ahí solamente poníamos las voces y la batería. ¡Tocábamos extremadamente fuerte! Nos llevó años darnos cuenta de que si usábamos un sólo amplificador para cada cosa, en realidad sonábamos mucho mejor. Pero éramos boludos y estábamos emocionados por conseguir más y más. Obviamente que prendíamos todo a la vez y al máximo volumen (se ríe a carcajadas).

-Otra muestra de la brutalidad de esos shows son las fotos de tu pelo en llamas.

-Sí, te cuento cómo era: le poníamos un líquido combustible a las guitarras, a los palillos de la batería y a más cosas. Pero nuevamente, era más peligroso que la mierda y nosotros unos pendejos estúpidos. No lo volvería hacer ni en un millón de años. Varias veces me quemé, podría haber sucedido cualquier cosa. Varias guitarras se incendiaron y hasta teníamos un hacha para romperlas en pedazos (risas).

-¿Cuántas veces calculás que te quemaste?

-Ohh… me acuerdo del olor de mi pelo chamuscado después e cada show. Olía horrible. Gracias a Dios nunca me pasó nada jodido, pero el pelo se me enmarañaba y la viola ardía por horas.

-¿Y tenían algún bombero en la comitiva?

-¡Claro que no! Ni sabíamos que existían los matafuegos (risas).

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-Hablando de fotos, ¿pensaste en sacar un libro con tus retratos de Accept?

-Sí, un millón de veces, pero no es tan simple. En los tours soy sólo un músico. Me cuesta armar algo cuando viajamos, porque estoy dentro de la banda y es más difícil de lo que parece. Tendría que contratar a alguien, porque sería bizarro sacar un libro de fotos de mí mismo. Puedo capturar imágenes que me interesen y que veo en los diferentes países, pero eso no necesariamente le coparía al público. Los fans quieren otras cosas, como la banda ensayando o preparándose para los shows. Y cuando precaliento ni pienso en eso, porque estoy justamente por salir a tocar.

-Sumado a las pruebas de sonido y los compromisos…

-Exacto. Cuando pasa lo verdaderamente interesante, que es lo que la gente quiere ver, yo estoy ocupado haciéndolo (risas). Pero tengo un buen archivo. Hoy en día saco fotos con mi iPhone, porque los teléfonos mejoraron y ya no es imprescindible viajar con una cámara grande, los lentes y todo. Cuando girás tanto, lo que menos querés es llevar todavía más cosas. Tengo un archivo enorme de los ‘80 y ‘90, con videos de los shows y un montonazo de fotos que muchos querrían ver. Me llevaría un año sentarme y armar un libro copado, pero sería un proyecto divertido.

TIPOS RUTEROS

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“Hay una canción que es la más aburrida de Accept, pero en vivo funciona desde hace 35 años -revela Wolf Hoffmann con tono amable, refiriéndose al clásico “Princess of the dawn”-. Es súper predecible y monótona, aunque esos riffs son los más complicados de lograr y se dan una vez en un millón. La magia ocurre cuando el público se fusiona con el tema, y al llegar al estribillo se genera una conexión maravillosa”.

-O sea que es uno de los que menos ensayan.

-Sí, totalmente. En la sala, a veces decimos: “¿Realmente tenemos que repasarlo? Si ya lo conocemos de pé a pá… ¡practiquemos otro!”. Lo tocamos miles de veces, pero es uno de los mejores del setlist.

-Vinieron seguido desde 2011. ¿Trabajaron este mercado, o fue algo inconsciente?

-Siempre supimos que ustedes eran muy fanáticos, así que volvíamos porque nos divertía. Al hacerlo empezamos a ganarnos más seguidores y con el correr de los años juntamos más gente. Es todo lo que podemos hacer como banda, porque el resto de las cosas están fuera de nuestro control. Seguimos la demanda, y realmente amamos al público sudamericano. Para nosotros es natural volver cada año, o tan pronto como podamos.

-Y ahora van a regresar con el tour de “The rise of chaos”, algo que pocas bandas logran.

-Totalmente. Estoy ansioso por ir, vamos a meter canciones nuevas y a cambiar el setlist. De todas formas, los fans saben qué esperar de nuestros shows: heavy metal sólido y de la vieja escuela. Un producto hecho a mano, como los amplificadores (risas). Hace poco desempolvamos algunos temas y vamos a armar algo copado, e incluso meter canciones más oscuras. Todavía faltan unos días, pero vamos a tener varias sorpresas. Espero no volver a prenderme fuego (carcajadas).

Accept tocará el jueves 18 de octubre en El Teatro de Flores (Rivadavia 7806, CABA). Las anticipadas se consiguen a través de TuEntrada.com.

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