Peter Hook: “Todavía soy dueño del 25% de New Order”

El bajista opina que, luego de haber co-liderado la banda por 30 años, es ridículo que sigan sin él. También habla de por qué Joy Division “no llegó a su verdadero potencial”, y de su libro en español de The Haçienda. Un reportaje con llamadas escalofriantes, gángsters y drogas recreativas.

Por Fabrizio Pedrotti, para Rock.com.ar.

Por suerte, al margen de las situaciones que viva el mundo, siempre hay una luz en internet. Basta con entrar a Instagram y ver cómo alguien hizo un meme que desata un montón de risas virales (palabra más apropiada que nunca).

Incluso le pasó a Joy Division, que tiene varios títulos de canciones que podrían relacionarse con la pandemia. El ya famoso meme describe las fases del Covid-19 como en una playlist de Spotify: empieza por “Incubation”, sigue con “Transmission”, “Colony” y “Disorder”, y termina con “Isolation”. ¿Qué seguirá? No lo sabemos.

Cuando se le pregunta si vio el meme, Peter Hook responde entre carcajadas: “Totalmente, estaba preparado para algo así. Me lo veía venir”. Desde su oficina ingesa y mediante videollamada, el bajista parece acostumbrado a que Joy Division se haya convertido en una banda de culto, pero no se habitúa para nada al aislamiento. “La cuarentena es una mierda, horrible. No me puedo adaptar, pero espero que tenga los resultados deseados”, señala, y pregunta si la Argentina lleva cerrada el mismo tiempo.

-¿Cómo te afecta no saber cuándo va a terminarse todo?

-Bueno, me pone en un estado mental muy peculiar. Me aterrorizan las noticias, son deprimentes, y también hay impotencia, porque no podemos hacer absolutamente nada. Es asombroso pensar que todo el mundo vive así, ¿no? Tuve depresión clínica hace muchos años, por ende sigo algunos pasos para protegerme, y hasta ahora no me fue tan mal. Estoy “fit”, hago yoga y mi perro camina bastante, así que bien.

-¿Qué otros recaudos tomaste?

-Practico mindfulness y debería salir lo máximo posible, pero me ejercito como loco y trato de trabajar a full. Mi esposa aprovecha bien mi encierro, asegurándose de que haga lo que pospuse durante años. Imagino que todos los hombres estamos en la misma (se ríe). Por otro lado, es lindo tener una pausa y apreciar los shows, porque los tomaba como algo normal. Esta mañana revisé los mails, y se suspendieron ocho festivales a los que íbamos a ir. Los músicos nos autosustentamos y estamos sufriendo, porque vivimos de que el público se junte. Hace unas semanas se hizo un concierto en Manchester a beneficio de la gente de la calle, pero ni siquiera pude participar por internet, porque también tuve neumonía y sufro de asma. Debo alejarme de todos, incluyendo los músicos de mi banda. Al menos, mi casa quedó ordenada y limpia. También terminé de grabar mi audiolibro de New Order, y me parece que el primero que escribí ya se consigue en la Argentina, ¿no?

En efecto, la editorial española Contra publicó “The Haçienda: Cómo no dirigir un club” en 2019, y desde hace un tiempo está en el país. En el texto, Hook narra los triunfos (y sobre todo las desventuras) del boliche que ayudó a fundar en los ’80s. El lugar jugó un papel importante en el movimiento Madchester, y milagrosamente permaneció abierto hasta 1997.

“La traducción al español era la más esperada. Estaba en todos los idiomas, menos en el de ustedes. Giramos por un montón de países y era frustrante no llevarlo. Aparte vivo en Mallorca, cerca de Palma, hace veinte años. De hecho, esta fue la primera vez que no pasé las Pascuas allá. Por esa conexión, la gente que habla español está cerca de mi corazón. Voy a intentar aprender el idioma ahora mismo, supongo que es el momento perfecto (se ríe). Traté en los 2000 y no pude, y cuando envejezca se me va a complicar más. Por ejemplo, haber terminado ese audiolibro de New Order fue un logro enorme. Si querían escuchar mi voz 26 horas seguidas, ahora pueden”.

-¿Y cómo se sintió grabarlo? Porque debe ser distinto a cualquier disciplina.

-Sí, pero ya son cuarenta años en el negocio de la música, y siempre fui el que más se comunicó con la prensa. Al principio no dábamos muchas entrevistas, pero yo hablaba un montón, e hice charlas presentando mis tres libros. Es importante el timing, saber cómo “impactar” y cuándo meter un buen remate. Calculo que les pasa a los comediantes de standup, ¿no? También es mi tercer audiolibro, y el primero que hago sin que sea una adaptación. Hoy la tecnología permite publicar una grabación mucho más larga, y estuve una semana hablando y hablando. Luego, mi gran amigo Simon Butcher, que es mi ingeniero desde hace bastante, lo produjo y tuvo que escucharlo… uff, un montón de veces (se ríe). Y nos dimos el gusto de ponerle algunos sonidos de bajos, baterías y sintetizadores, para dejar en claro que se trata de música.

Photos by www.fb.com/connorgriffinphotography

-¿Ves posible que los otros dos también se traduzcan al español?

-Me encantaría, pero es carísimo transcribir un libro completo. Hay que encontrar una editorial en otro país que se arriesgue e invierta. La licencia es muy barata, cuesta unos mil euros. Así que si alguien se anima, los libros están disponibles y no soy codicioso ni avaro. Me encantaría que salieran en todos los idiomas, sería un gran elogio. El de New Order es el más difícil, porque son 800 páginas y costaría mucho. Así que, de alguna forma, con ese me crucifiqué yo mismo. Quizás tenga que aprender español y hacerlo por mi cuenta… aunque sería un proyecto ambicioso, ¿no? (carcajadas).

-Bueno, si pudiste grabar un audiolibro en una semana, seguro que con un mes más de cuarentena te va a ser fácil aprender otro idioma…

-Oh, gracias por la confianza. Espero que para ese momento hayamos vuelto a la normalidad. Cruzo los dedos.

EL CLUB CON EL RÉCORD DE GÁNGSTERS

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-En el libro de The Haçienda, queda claro que el nombre del lugar representaba “construir el futuro”. Después de todo lo que pasó, ¿pensás que lo lograron?

-Con New Order no teníamos esos objetivos, sólo la capacidad de juntar plata. Tony Wilson (de Factory Records) y Rob Gretton (mánager de ambos grupos) fueron los que vieron que, en Manchester, la gente como nosotros necesitaba un lugar para juntarse. Estaban completamente desinteresados en la parte del negocio -lo marca con énfasis-, así que New Order se hizo muy importante para el club, porque lo financió por diez años. Y luego, Rob y yo lo manejamos otros cinco. Hasta hoy, The Haçienda jamás ganó un peso (se ríe). En 2010 abrí un nuevo club, Fac 51, y en un mes hizo más plata que el otro en quince años. The Haçienda cambió la cultura de la música, la moda y creó la explosión del dance. Fue exitoso en cualquier sentido, salvo en el económico: recaudó una fortuna, pero también costó una fortuna. Incluso fue el que tuvo más gángsters del planeta, y sigue con ese récord (vuelve a reírse). Como autor tengo que agradecerles a todos los que se involucraron, porque pude escribir un libro fantástico. A la gente todavía le cuesta creer lo que pasaba ahí, y es posible que se convierta en una serie de TV. Imagino que seguiría la línea de “Narcos”, o algo así.

-En el libro también hablás de lo complicado que era hacer de patovica. Una vez te tocó, y no fue muy disfrutable…

-Sí. Me había metido mucho en las drogas recreativas, estaba agrandado y pensaba que ellos trabajaban mal. Creía que ser guardia era una pavada, pero me llevé el susto de mi vida: terminé corriendo de vuelta adentro, a un rincón, con la cola entre las patas. Me dieron una lección durísima en mi propio club. Encima, la política de la Policía de Manchester era de “no cooperar”, gracias al jefe James Anderton. Durante seis o siete años, vivíamos cagados de miedo por lo que podía pasar: el único antídoto era llegar completamente rotos y drogados con cualquier cosa, para lidiar con el dolor y el peligro. Ese pub empeoró mis adicciones, pero creó algo hermoso. No pienso que hayan existido boliches con tales grados de problemas, incluso hoy. Mi hermano era policía, y siempre me decía que el mejor horario para ellos era desde las 9pm hasta las 2am, mientras funcionaba The Haçienda. Ellos se relajaban en una cafetería con facturas, ponían las patas en la mesa y esperaban a que todos los lunáticos volvieran a salir. Los compañeros le decían: “agradecele a tu hermano por estas cinco horas maravillosas, en las que nuestros problemas pasaron a ser de ellos”. Al principio éramos muy felices, y coincidió con la explosión del éxtasis: todos nos amábamos y adorábamos la música. Pero desde que la plata entró en juego, fueron siete años infernales. Lo único que me mantuvo con ganas de seguir abriéndolo fue que la mayoría de la gente era increíble.

SIENDO EL TERAPEUTA DE LOS FANS

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El segundo libro que Hook escribió fue “Unknown Pleasures: Inside Joy Division” (2012), y es un recorrido honesto por los backstages de la banda pionera del postpunk (que completaban el vocalista Ian Curtis, el guitarrista Bernard Sumner y el baterista Stephen Morris). Peter cuenta su versión sin reparos, con respeto y humor.

-Al principio te sentías “exitoso” por haber podido pagar tu primer teléfono de línea. Pero no terminó siendo una buena idea, ¿verdad?

-No, me llamó un montón de gente rara. Dejé mi número cuatro o cinco años en la guía, y me despertaban a cualquier hora, especialmente si habían tomado. El tema con ser “punk” (lo remarca riéndose) es que lo vas a ser para siempre. Justo leía el libro de Debbie Harry (“Face It: A Memoir”), y ella aún se siente así. Como yo también lo era, ni siquiera pedí no estar en la guía. Algunas llamadas fueron interesantes, y muchas muy escalofriantes…

-¿Qué recordás de esas últimas?

-Las peores se dieron después de la muerte de Ian Curtis. Siguieron llegando un tiempo más, cuando ya estábamos arraigados como New Order. Era duro que me contactaran tipos con el corazón roto por la pérdida de Joy Division y de una persona maravillosa. Como estaban destruidos, me convertí en una especie de psicólogo de los fans. Me shockeaba, pero me sacaba de mi propio duelo. Igual, claramente no lo haría ahora (se ríe).

Otro libro que analiza la misma historia es “Touching From a Distance”, la biografía que escribió Deborah Curtis, la exesposa de Ian. El sello Dobra Robota lo publicó en la Argentina en 2017, y aporta una visión distinta sobre el cantante y su vida cotidiana.

-Deborah señala que estar feliz “era mal visto” en el ambiente de Joy Division, pero vos recalcás el sentido del humor de Ian. Incluso, decís que escondía su depresión para no preocuparlos. ¿Por qué difieren tanto las dos versiones?

-Eso que escribió no es verdad. Lo triste fue que Ian y Debbie se juntaron siendo muy, muy jóvenes. Si mi hija me dijera que se va a casar a los 18 años, la mataría. Encima tuvieron una beba muy pronto, y él estaba muy comprometido con ser un músico punk. Su corazón y sus metas estaban ahí. Había trabajado fuerte y con mucha calidad… y se mezcló su vida familiar. Se sabe que si viajás por el mundo tocando, van a haber problemas. Especialmente de la forma que lo hacíamos: eran muchos shows, con poca plata y sin comodidades. Sumale una hijita recién nacida, un trabajo de tiempo completo y una esposa, que obviamente necesitaba compañía. Esa será la lectura de Debbie, pero la mía es que pasamos años geniales. Joy Division tuvo una carrera hermosa y fuimos muy felices. Lo único que lo empañó, y lo digo de egoísta, fue que cuando Ian se enfermó (de epilepsia), tuvimos que cuidarlo un montón. La relación entre ellos había cambiado y el vínculo era muy triste, pero no sentíamos que lo causáramos nosotros. Él después “cayó en los brazos” de otra mujer, algo que a veces pasa. Y ahí las cosas se volvieron peores, porque estaba mucho más comprometido. Fue muy difícil para Debbie y me compadezco por lo que sufrió, pero yo conocí a otro Ian Curtis.

-Durante la grabación de “Movement” (1981), el primer disco de New Order, les asustaba que el productor Martin Hannett sufriera una sobredosis. En tus libros señalás que hubiera sido muy difícil recomponerse de esos dos golpes tan seguidos. ¿Qué creés que hubiera pasado con ustedes, que arrancaban de cero y con otra muerte cercana?

-Mirá, estábamos muy tristes por lo de Ian, pero nos pusimos contentos cuando nos dejó Martin. Nos estaba volviendo locos, ya sea por sus adicciones o su personalidad. Bernard y yo ganamos experiencia y éramos más demandantes, pero él no daba el brazo a torcer. Sentía que, como había hecho dos obras maestras, no necesitaba que un boludo como yo, o incluso Barney, le dijéramos nada (Hannett había grabado ambos discos de Joy Division). Puedo entenderlo: era más grande y estaba intimidado, pero las canciones y el álbum no eran suyos. Martin no iba a vivir cargando esos temas de por vida, ¡nosotros sí! Cuando es tu música, tenés derecho a que suene como querés. Se había vuelto muy, muy complicado de aguantar. Personificaba lo contrario de Ian Curtis, que era un ser activo e increíble, un músico maravilloso y un tipo fantástico de tener al lado. Sin él te sentías perdido. Incluso acá tengo fotos de Ian, y me pregunto qué podría haber sido de Joy Division. Es una frustración tan grande… ¿qué hubiéramos logrado? Nunca descubrimos nuestro verdadero potencial. Quizás hubiéramos sido una banda de mierda en el tercer disco, pero jamás lo vamos a saber. Es algo con lo que cargo todos los días.

EN TENSIÓN CONSTANTE

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El tercer y último libro de Peter Hook se llama “Substance: Inside New Order” (2016), y es todavía más detallado que los dos anteriores. En parte ya que su carrera duró varias décadas -con nueve LPs e incontables singles-, pero también porque el bajista quería desentrañar muchos mitos. Aunque canciones como “Blue Monday” -que fue el vinilo de ’12 más exitoso de la historia-, “Bizarre Love Triangle” o “True Faith” rotaban sin parar (igual que los discos de platino y de oro), no todo era color de rosas.

Por ejemplo, Hook explica desde el duro reparto de las regalías (y cómo sentía que la tecladista Gillian Gilbert cobraba más de lo que debía), pasando por sus fricciones casi adolescentes con Sumner, hasta cuando consumió todo el alcohol de su frigobar (pensando que era un agasajo del hotel).

-Ahí aclarás que Joy Division no había usado tanto la electrónica porque la tecnología no era avanzada, y no porque no les gustara. ¿Creés que, de haber existido, la hubieran incorporado en “Unknown Pleasures” o “Closer”?

-Bueno, la usamos primitivamente en ese último. Martin Hannett tenía un secuenciador y un sintetizador de cuerdas ARP, también estaba el PowerTran de Bernard y las synthdrums de Stephen. Comprábamos todo lo que podíamos, y eran extremadamente caros. En 1980 un Prophet-5 costaba dos mil libras, que serían veinte mil de hoy. Yo ganaba cincuenta dólares por semana, pero invertíamos decenas de miles en sintetizadores. No sé cómo carajo lo hacíamos, para serte honesto (se ríe). Volviendo a Joy Division, los primeros vinilos que Ian me mostró fueron de Kraftwerk, Giorgio Moroder y Donna Summer. Era tan fanático de la electrónica como de Iggy Pop, Lou Reed, la Velvet Underground y The Doors. Lo divertido es que su mejor amigo, Kelvin Briggs, vive cerca de acá (en Cheshire) y tiene la colección de discos de Ian.

-Wow…

-Sí. Le vivo diciendo que deberíamos hacer un podcast, porque Debbie se los regaló y todavía los guarda. Está en mi lista de pendientes y lo voy a anotar ya mismo, porque se me viene un mes sin hacer nada. Vos me inspiraste para que nos pusiéramos en marcha, así que gracias.

-Es divertido que hayas nombrado a Kraftwerk, porque ellos después se fijaron en el sonido de New Order. Fue como un círculo que se cerró, ¿verdad?

-Sí, muy loco. Estuve revisando todos los cassettes de los ensayos, y ayer encontré uno en el que tratábamos de componer “Temptation”, “Hurt” y “Ultraviolence”. Si no hubiéramos terminado tan mal como grupo y como personas, hubiera sido genial compartirlo. “Temptation” fue revolucionaria cuando salió, igual que “Everything’s Gone Green”. Ambas eran la punta del iceberg de un cambio completo en la música. Escucharnos a nosotros charlar en la sala de ensayo, boludeando con los sintetizadores y sumando cosas rockeras como la guitarra, fue…. ¡wow! Y conociendo el producto final, me pregunto: “¿¡Cómo carajo pasamos de la maqueta al tema terminado!?”. Mucha gente puede tocar un instrumento, pero el verdadero arte está en componer. ¿Cuándo me convertí en un compositor? Nunca lo voy a saber. También escucho los primeros temas y me pregunto cómo mutamos de eso a “Blue Monday”, “Bizarre Love Triangle”, “Thieves Like Us” o “Crystal”. Lo irónico es que se puede aprender a componer, pero a la vez no hay una forma de enseñarlo.

-Creo que se logra viviendo al máximo y estando abierto a lo que pasa alrededor, ¿no?

-Sí, tal cual. Soy muy fan de John Cale, Neil Young y Lou Reed; los oigo y me vuelvo loco. Ojalá haya personas que se sientan así con canciones nuestras y mías. Sería un regalo enorme.

-Seguro que sí. Alan Moore plantea que hay un “ideaespacio” en donde se agrupan los pensamientos, y que uno inconscientemente recurre ahí para crear algo. ¿Te parece posible?

-Estoy de acuerdo: lo mejor sale cuando menos lo intentás. Mientras más vueltas le das, menos se te ocurre. Si estás abstraído del mundo, con tu mente a la deriva o con resaca, parece que el subconsciente agarra las ideas y se las pasa a tu lado racional. Y decís: “mierda, ¿de dónde carajos saqué esto?”. En mi caso, siempre pienso en mi madre. Gracias, mamá, por “Age of Consent” y “Love Will Tear Us Apart”.

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Se ve que esas inspiraciones también funcionaron últimamente para Hook, porque en 2020 pensaba sacar el tercer disco de Monaco (su proyecto con David Potts, activo entre 1995 y 2000). Desde su oficina y con cara de apenado, el bajista explica que el álbum quedó en standby por la pandemia. “En los últimos conciertos metimos un tema nuevo, y fue hermoso. Espero que cuando podamos juntarnos, y sólo Dios sabe la fecha, los terminemos. Es raro no girar por seis o nueve meses, siendo algo por lo que peleé tanto cuando se disolvió New Order. Y lo loco fue que nos separamos en Buenos Aires”, se ríe.

-Sí, te lo iba a mencionar…

-¡Escuchá, creeme que no tuvo nada que ver con ustedes! El público fue maravilloso, pero Bernard y yo nos habíamos perdido el cariño. Hasta ahora no hubo una reunión posible, y viendo sus formas de manejarse, no estoy seguro de que pueda pasar. Duele, pero es la verdad.

-En el Facebook oficial de New Order promocionaron varios shows tuyos con The Light. ¿Hubo razones legales para eso?

-No. Yo también los vi, y pensé que se habían equivocado (carcajadas). Mirá, tuvimos muchísimos desacuerdos que siguen… aún no nos hablamos, y a nuestra edad es rídiculo. Mi mejor amigo me dijo: “vas a llevarte esto a la tumba”, y sí; uno de los dos se va a morir sin haberlo resuelto. Me cuesta entender qué hicimos tan mal para que ni podamos cruzarnos en la calle y saludarnos, después de todo lo maravilloso que logramos. Todavía soy el dueño del 25% de New Order, aunque no me traten así. “Music Complete” (de 2015, ya sin Hook) será decente, pero no supera nada de lo que creamos juntos. New Order hoy es un acto nostálgico, que se basa en la música que hicimos durante más de treinta años. Y es ridículo que, por ejemplo, yo no pueda hablarles a los fans desde el sitio oficial.

-Hablando de eso, ¿hay alguna canción de “Music Complete” que te gustaría haber compuesto?

-Mi tema favorito es “Superheated”, el de Bernard con Brandon Flowers. Es genial, y como verás soy fan de The Killers. Debo admitir, por más que me cueste… no, ni siquiera lo voy a decir.

-Aprovechá, dale.

-(Se ríe). No hace falta, me estoy sintiendo bien. Pero las comparaciones con “Technique” (1989) que hicieron ustedes, los periodistas, me parecieron absurdas. “Music Complete” no suena así para nada. Fue increíble que lo usaran como referencia, aunque así es la vida, ¿no?

-En tus libros, vos también admitís haberte portado mal. Por ejemplo, fuiste muy negativo con las ideas de Bernard para “Angel Dust”, de “Brotherhood” (1986), y ahora te arrepentís. ¿Por qué reaccionabas de esa forma?

-Era joven y boludo. Armar un grupo es como casarse con tres tipos, y tener en el medio a los managers y al staff. Algo muy inusual. Te juro que nunca más voy a estar en una banda, ya soy muy viejo para pasar por eso. Barney y yo peleábamos un montón, como perros y gatos: si él decía que era blanco, para mí era negro, y viceversa. Steve y Gillian coincidían más o menos con ambos, pero nosotros discutíamos constantemente. Para mí, esa fue la fuerza del grupo: los “tira y afloje” constantes, de él queriendo ser electrónico y yo rockero, le dieron a New Order un estilo único y especial. Si yo hubiera cedido a que fuéramos 100% electrónicos, no hubiéramos llegado a aquellas canciones ni sonado así. Igual que si él se hubiera rendido ante mis ideas. Nosotros dos hicimos que el grupo fuera lo que fue, y no creo que ahora sea lo mismo. Están usando la marca en contra de mis pedidos, pero no los veo como New Order. Igual los fans tienen suerte, porque hay dos versiones: si quieren una interpretación potente y fiel de Joy Division y New Order, pueden ir a verme a mí con The Light. Y sino, pueden optar por el “New New Order” (se ríe).

-En una etapa de los ’90, Bernard no quería tocar en vivo. ¿Alguna vez pensaron en girar sin él, como los Beach Boys sin Brian Wilson?

-Sí, lo debatimos, por iniciativa de Steve y Gillian. Quisieron que buscáramos un cantante nuevo cuando Barney se fue a Electronic, pero les dije que no. Les expliqué que hubiera sido ridículo que New Order existiera sin él o sin mí. Evidentemente cambiaron de parecer, y terminaron haciéndome eso mismo. Llegamos a la situación de Brian Wilson. Yo me quedé con mi grupo y Bernard con el suyo, y ojalá que sean felices. El problema fue que reunieron a New Order a mis espaldas, sin haberme avisado. Ese contrato me perjudicó mucho, y aunque terminamos llegando a un acuerdo, no tendría que haber sido así. Todavía me siento mal, especialmente por lo que gasté en abogados. Fue ridículo.

“The Haçienda: Cómo no Dirigir un Club”, el primer libro de Peter Hook, se editó en español con el sello Contra. Sus otras dos memorias se consiguen en inglés.

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