Don Airey, de Deep Purple: “Antes, todos pensaban que ser tecladista era fácil”

El inglés explica cómo subestimaban su instrumento en el rock pesado. También repasa los triunfos y derrotas de la banda desde su ingreso hasta “Whoosh!”, y cuenta anécdotas con Ozzy, The Who, Whitesnake y Rainbow.

Por Fabrizio Pedrotti.

Este reportaje es parte de una trilogía de charlas de Deep Purple con Rock.com.ar, que incluyó entrevistas con Roger Glover y sumará a Ian Paice la semana próxima. Quedate atento/a.

“Siempre digo que nunca voy a volver a un estudio, pero termino haciéndolo -se ríe Don Airey-. Todas las grabaciones son difíciles, porque tenés que acomodarte a los demás. Son momentos muy estresantes, ahí te enfrentás a la verdad. No podés fingir quién sos, lo que hacés ni tu sonido. No hay escape, y eso es lo más duro”.

Si algo se aprende al escuchar a cada miembro de Deep Purple, es que son personalidades muy distintas. Mientras el bajista Roger Glover describe al estudio como un lugar sencillo, el tecladista no podría estar más en desacuerdo. Y no por falta de experiencia, sino todo lo contrario: antes de entrar al grupo en 2002, Don Airey grabó en algunos de los discos más importantes del rock.

Su currículum, que debería escribirse en varios tomos, incluye varios años con Ozzy Osbourne (“Blizzard of Ozz”, de 1980; y “Bark at The Moon”, de 1983), Rainbow (“Difficult To Cure”, de 1981, con Ritchie Blackmore y Roger Glover, dos Deep Purple), además de Cozy Powell, Michael Schencker y Gary Moore (junto a Ian Paice, otro futuro compañero).

¿Seguimos? Grabó con Black Sabbath en “Never Say Die!” (1978); con Whitesnake en su homónimo y en “Slip of The Tongue” (1989); con Judas Priest en “Painkiller” (1990), “Demolition” (2001) y “Nostradamus” (2008); con Bruce Dickinson en “Tattooed Millionaire” (1990); y con Brian May en “Back to The Light” (1992). Nada mal, ¿eh?

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Por suerte ahora está Bob Ezrin, con quien Deep Purple trabajó por tercera vez consecutiva. “Conocerlo fue un punto de quiebre -se sincera el tecladista del otro lado de la línea-. Después de un show nuestro, entró al backstage impresionado. Nos invitó a comer al mediodía siguiente, y explicó que no teníamos que componer para sonar en la radio ni hacer hits, sino lo que nos saliera. ‘Rapture of The Deep’ (2005) le pareció muy diferente a lo que vio en vivo. Por eso quiso que exploráramos nuestros instintos, y que las canciones fluyeran”.

-A “Bananas” (2003) y “Rapture…” los habían grabado con Michael Bradford. ¿Qué diferencia notás entre los métodos de ambos? 

-Cuando arrancamos a trabajar con Ezrin ya éramos una banda mucho mejor. A los anteriores los hicimos en una etapa medio under, y tuvimos ese status unos cinco años. Nos tocaba dar 150 o 160 shows por año, en lugares donde nadie había estado. Para nuestra sorpresa, gracias a eso atraímos a un público joven: no solamente iban los fans viejos, sino también pibes de 18. Fue un golpe positivo e inesperado. Michael es muy talentoso, y su forma de trabajo fue distinta pero muy efectiva. Lo único que podría achacarle es que no entendía la importancia del Hammond. Ahí componíamos en el estudio, casi perezosamente, a diferencia de Bob, que te pide tenerlo antes. Ezrin es muy motivador, y prepara todo de forma cuidadosa. Con él preparamos al menos quince temas para cada disco, y se grabaron en siete días. Suele suceder que entrás la segunda semana, alguien te dice: “Ya terminamos todas las bases” y vos te preguntás cómo carajo pasó. A mí me ayuda mucho porque no lo noto, pero mantiene la energía a full todo el tiempo y sabe manejarse con cada uno. Es hermoso que alguien así trabaje con nosotros. Pasamos más tiempo tocando que discutiendo, y eso siempre es positivo.

-“Bananas” fue tu primer disco con ellos, y usaron máquinas DAT. ¿Cómo lo recordás, habiendo entrado hacía tan poco?

-Creo que tanto la grabación como los ensayos no fueron buenos. Me parece que practicamos por una semana, y de ahí fuimos al estudio con Michael. Puso una Struder de 16 canales, con dos cintas Ampex de 2 pulgadas. Una belleza. Cuando tuvo los temas analógicos los pasó a ProTools, y consiguió un gran sonido. Considerando que no estábamos bien preparados, sonamos bastante decentes. Ellos iban a hacerlo con Jon Lord, pero… (piensa). Creo que todavía estaban en shock porque se había ido. Así que entré en una posición difícil, y tuve que agachar la cabeza hasta ver qué era lo mejor.

-¿Te sentías un sesionista?

-No, pensaba que tenía que llegar con ideas, aunque fue duro. La banda no encajaba bien en ese período, a diferencia de lo que vino después. Era arduo que Deep Purple se concentrara y se mantuviera encaminado. Eventualmente lo logramos, y creo que es un muy buen disco, ¿no? Me gusta el tema homónimo, es una obra de arte.

-Luego vino la renovación que mencionabas del público. ¿Pensás que fue por “Rapture…”?

-No, los jóvenes simplemente estaban podridos de la música con máquinas. Nada era real, querían ver una banda de verdad. En 2006 y 2007 no había muchas: todas usaban pistas y armonías de fondo, básicamente engañaban. Nosotros éramos de los pocos que subíamos y tocábamos, sin vueltas. Por eso llegamos a un núcleo enorme de gente nueva, pero Deep Purple también se volvió completamente desconocido. No nos hacían reviews, nadie sabía si seguíamos tocando… girábamos en lugares como Siberia -en 2008-, Vladivostok -Rusia, 2010-, Israel y el Líbano. Eran países donde no habían ido bandas “reales” en un largo tiempo, así que recibimos un interés tremendo y los shows se agotaron. Nos dimos cuenta de que algo pasaba.

-¿Y cómo volvieron a los primeros planos?

-Se dio con “Now What?!” (2013), que fue como si el grupo se hubiera relanzado. Todos dijeron: “Mierda, ¡siguen tocando!” (risas). Volvimos a hacer videos, a dar un montón de entrevistas y a tener muchísima gente en los hoteles. El disco sorprendió al público pero más a nosotros, que no podíamos creer semejantes reacciones. Fue hermoso, después de haber pasado tanto tiempo en el desierto.

EN LOS BACKSTAGES DEL ROCK

Aquella no fue una situación desconocida para Airey: varios tecladistas también se habían perdido en las sombras en los ’80 y parte de los ’90. Salvo excepciones, el instrumento que había comandado las revoluciones psicodélicas y progresivas pasó a parecer anticuado.

-Muchas bandas los ponían detrás o debajo del escenario. ¿Lo sentías denigrante?

-A mí, específicamente, no me sucedió. Ozzy tenía un castillo como escenografía, y yo iba arriba con los guardias. Era bastante extraño, pero por cuatro años funcionó. Creo que los grupos de metal estaban asustados de los teclados. En 1986 trabajé con Helix, y siempre que yo tocaba algo, se reunían para ver si lo dejaban o lo sacaban. Al segundo día se dieron cuenta de lo que podía hacer, ¡y empezaron a quererme en absolutamente todo! Cambiaron drásticamente la forma de verme.

-¿Vos siempre entrabas cuando lo demás estaba grabado?

-Sí, iba al “control room” con mi instrumento y preguntaba qué querían, porque si tenían las ideas claras era más fácil. Muchas veces también hice arreglos de cuerdas y los disfruté. Después trabajé con Tigertailz, ¿te acordás? Eran geniales, pibes jóvenes que se vestían con plumas y glitter. Querían cuerdas en cuatro temas, y les dije que íbamos a tener que ir a otro estudio en Londres. Me preguntaron si podían sumarse todos, porque estaban muy interesados. Entraron vestidos así, y los de la orquesta se sorprendieron bastante (risas). Fue muy gracioso, esos tipos nunca habían visto algo semejante.

-En una entrevista decías que si una banda tenía que economizar, siempre echaba al tecladista.

-Sí, pasa que el tiempo en el estudio cuesta mucho. Cualquier grabación es extremadamente cara, así que tenés que ser rápido. Me parece que con nosotros se creó un prejuicio ya que había buenos y malos: la mayoría sólo podía marcar los acordes, entonces se limitaban ellos mismos.

-¿Les faltaba educación formal?

-(Piensa). Todos creían que era fácil, que no tenían que practicar ni concentrarse. Se volvieron muy egocéntricos y vagos. Cuando escuché por primera vez a Nirvana, dije: “Dios, estos van a cambiar al rock”, y pasó tal cual. Veníamos del glam, basado en la imagen y con los pelos pomposos. La música quedaba en un segundo plano. No le apunto a Bon Jovi, por ejemplo, porque siempre me gustaron. Los vi cuando empezaron, y aunque me di cuenta de que iban a llegar lejos, no me parecieron “grandiosos”. Richie Sambora era genial y David Bryan tocaba muy bien, pero nunca consiguieron los momentos que se daban entre Deep Purple o Led Zeppelin, donde la gente veía brillar a los miembros individualmente.

Rainbow en 1981: Blackmore, Turner, Rondinelli, Glover y Airey.
Rainbow en 1981: Blackmore, Turner, Rondinelli, Glover y Airey.

Don tiene 72 años, y durante la hora de la entrevista conserva el tono amable que lo caracteriza. No sólo porque sea un viernes a las cuatro de la tarde, sino por su humildad, humor y tranquilidad. La forma en la que habla coincide con la energía que transmite en el escenario: parece exactamente el abuelo, tío o padre que todos querríamos tener.

El músico inglés -que empezó a formarse como pianista clásico a los siete años- conserva semejante memoria porque repasó su vida para una autobiografía, aún sin nombre ni fecha de salida. Hoy admite que los prejuicios no estaban puestos exclusivamente en los tecladistas, sino en los rockeros. 

“Nos veían como rebeldes y no era fácil entrar a los hoteles, digamos que no se ponían muy alegres cuando llegábamos -se ríe-. Los shows eran difíciles para los ingleses en los Estados Unidos: hasta que nos aceptaron como verdaderos artistas, fuimos una molestia. Era como si estuviéramos fuera del show business. A veces hacíamos el check-in, entrábamos a las piezas y nos llamaban para echarnos. Decían: ‘No podés quedarte, ya nos enteramos de quién sos’. Imaginate que habías llegado con la valija, todo cansado, y por fin ibas a descansar unas horas antes de volver a viajar”.

-Seguro te pasó con Ozzy, ¿no?

-Sí, y también con Rainbow. Una vez, en un hotel en Pittsburgh (USA), nos dijeron a Ritchie y a mí que no podíamos quedarnos; los de The Who habían destrozado las habitaciones que nos tocaban. Yo creí que habían roto un televisor, pero no… ¡eran las paredes, los muebles, las cosas que colgaban! (risas). Las piezas no pudieron usarse por varias semanas.

-Igual esa reputación no encaja con vos, que das la imagen de ser bastante relajado.

-Claro, siempre estaba tranquilo, ni siquiera me quedaba hasta tarde. Nos divertíamos mucho, pero lo mío era bastante inocente. Con el libro voy recordando un montón, y trato de escribir una página por día. Encontré fotos viejas, itinerarios, historias divertidas con Ozzy e imágenes hermosas de Randy Rhoads -Don Airey estuvo en el trágico accidente-. Me sorprendió muchísimo la cantidad de shows que hacíamos, eran 200 por año. Me pregunto cómo aguantaba para seguir el ritmo. Ahora, que estoy mayor, siento que hablo de alguien más. Era una persona muy distinta.

-¿En qué cambiaste?

-Soy un viejo, pero no por eso más sabio (risas). Fue una vida loca, aunque yo la haya tomado como normal. Creo que ahora me relajé un poco. Va a ser un libro bastante personal, sin embargo aún no hay un tópico que “linkee” todo lo que escribí.

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-¡Imagino que vas a incluir la historia de cuando grabaste “Never Say Die!” y te ofrecieron té!

-(Carcajadas). Sí, los Sabbath fueron los más dulces que conocí. Tony Iommi es muy adorable: un poco exigente para trabajar, aunque salió todo perfecto.

-También le hacían bromas a Bill Ward, ¿verdad?

-¡Sí! Le ponían trampas cazabobos cuando entraba, o cosas que se le pegaban en la cara. Era increíble, el tipo tenía una barba enorme y se quedaba así, mojado con lo que le habían tirado. Encima estábamos grabando en Canadá, y hacía muchísimo frío. Por ahí lo veías con cáscaras de huevo, pero lo divertido era que nunca reaccionaba (risas). Se quedaba como si fuera lo más normal. Fui a verlos el anteúltimo show en Birmingham -en 2017-, algo tremendo. Nadie toca como Tony y Geezer, y Ozzy estaba brillante. Quería subir y encajarles un beso (más risas).

-Antes mencionaste la era grunge, y en un reportaje pusiste a “Dirt” (1992) -de Alice in Chains- entre tus favoritos. ¿Qué impacto tuvo en vos? Porque ahí ya eras muy experimentado.

-Los conocí por mi hijo Mike, que era adolescente. Si me preguntás cuál es el mejor tema, para mí es “Rooster”. Trata del padre de Jerry Cantrell en Vietnam, allá lo apodaban así. Fue una tragedia lo que pasó con Layne Staley, pero sus primeros discos fueron asombrosos. Cantrell es un gran guitarrista: una vez se encerró en su casa y no salió por meses, hasta que tuvo listas las canciones. Podía pasar diez semanas sin afeitarse o bañarse, su vida dependía de componer bien. Aunque nunca lo conocí, soy un enorme admirador.

-Está buenísimo, porque algunos músicos de tu camada denostaron al grunge. ¿Creés que tenían miedo de perder su lugar?

-Sí, pero como artista hay que prepararse: tenés que saber que no vas a ser parte de la próxima tendencia, sin importar cuál sea. En los ‘80 todos experimentaban con consolas SSL, lo digital se imponía y pensaban que era la única manera. En cambio las bandas grunge no tenían elección: en Seattle usaban lo que había, cosas “pasadas de moda”. Tenían máquinas de 16 canales, con cintas y mesas analógicas. Por eso suenan tan geniales, porque habían vuelto a los equipos viejos.

“WHOOSH!”, UNA CRIATURA CON VIDA PROPIA

-¿Sos consciente de que ustedes, los músicos de los ‘70 y ‘80, llegaban a sacar hasta dos discos por año?

-(Piensa). Creo que Black Sabbath hizo “Paranoid” -la canción- al final del último día, porque les faltaba una para completar el álbum. Así grababan todos. Las bandas británicas eran fantásticas. Cozy Powell estaba en The Corals, y podían tocar once horas sin repetir ni una nota. Tenían cientos de temas, y gente como los Beatles también.

-Calculo que podríamos incluir al Deep Purple de hoy, ¿no? A ustedes les salen jams eternas.

-Es la única forma, y es parte del negocio. Sin cosas nuevas, no podemos salir de gira. Es yin y yang. Las zapadas son el modus operandi, y eso no cambió desde 1968. Todavía es así: Ian Paice hace “pafff…” y arranca todo.

-Sin ir más lejos, ”Throw My Bones” arrancó como idea tuya. 

-Sí, iba a estar en “Infinite” (2017), pero no sé por qué no entró. El dueño de la discográfica, Michael Haenjtes, lo amaba y quería que estuviera en “Whoosh!”. Así que lo rehicimos con algunas modificaciones. Me encanta porque la batería es grandiosa, igual que la voz, la guitarra… y bueno, el tecladista también cumple (carcajadas).

-Hace años contabas que tu función era facilitar las cosas para Steve Morse. ¿Sigue siendo el objetivo?

-Sí, trato de que se sienta cómodo. A muchos violeros se les ocurren un montón de notas, pero puedo decirle: “Tengo esto, ¿por qué no lo ponemos acá?”. Ese es mi rol. Entiendo que al rock lo lideran las guitarras, no los teclados. Yo conduzco el barco desde atrás, y dejo que ellos hagan el trabajo duro. Me toca unir todo.

-Igual en Deep Purple es diferente, porque Lord y vos siempre estuvieron al frente. Más aún en “Whoosh!”, que te tiene en primer plano.

-Sí, para eso le pagué un montón a Bob Ezrin (carcajadas). 

-En ”Nothing At All” hay un gran diálogo entre las guitarras y los teclados. ¿Cómo crearon esas interacciones?

-Es un tema muy atípico. Teníamos sólo un ritmo, después empecé a tocar arriba una partita de Bach y tratamos de ver cómo meterla. En esta banda, es importante la conversación entre ambos instrumentos.

-En tu carrera usaste mucho el Moog, pero con el grupo te basás en el Hammond. ¿Hay alguna razón?

-Claro, porque Purple lo tiene como textura predominante, así que cuando componemos los meto la mayoría del tiempo. Con suerte, recurro a los otros en las notas graves y para hacer un solo. Nunca me voy a cansar del Mini Moog, lo toco un montón en mi sala.

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-Por la pandemia, el estreno de ”Whoosh!” se retrasó unos meses. ¿Cómo te afectó la noticia?

-Los discos son criaturas graciosas, salen cuando se les ocurre. En general no depende de nosotros, sacando la fecha que decidamos con la distribuidora. Es como el nacimiento de un bebé: llega en el momento justo. Así que no me molesta si se retrasan tres meses. Pasó con el homónimo de Whitesnake (de 1987), que lo habíamos hecho dos años antes. Simplemente nos sentamos a esperar, a preparamos para lo que opinen… y a tratar de recordar qué carajo habíamos grabado (risas).

-En “Rapture of the Deep”, Ian Gillan ya decía que teníamos que explorar el mundo metafísicamente, y encaja con el nuevo disco. Es extraño que se hayan repetido las circunstancias, ¿no?

-Bueno, “Whoosh!” es un poco profético. Habla del colapso de la humanidad y de que podríamos extinguirnos en un instante. Estamos en un momento serio, así que es muy relevante. Es loco cómo el arte transmite los ánimos y lo que pasa. La música debe ser útil, y ahora fuimos muy conscientes de que teníamos que hacer una “declaración de principios” de la banda y de lo que sucedía. Es el disco más serio de los tres que hicimos con Bob. La atmósfera fue tremenda en cuanto a colaboración y amistad, y lo percibís al toque: el grupo está muy ajustado y el sonido es increíble.

-Hace unos días hablé con Roger Glover. Él opina que la gente se enfoca en salvar el planeta, aunque los humanos somos los que vamos a extinguirnos. ¿Estás de acuerdo?

-No sé, pero meses atrás se veía bastante desolado, porque pocos gobiernos hacían algo por el coronavirus. Trump ni se preocupaba, igual que los británicos. Fue terrorífico, y si bien no es un momento feliz, pueden salir cosas positivas. Ojalá aprendamos algunas lecciones, ya que no pienso que el covid desaparezca rápido. Todos hablan de la vacuna, pero llevó cinco años hacer la del ébola, y nunca encontraron cura para el HIV. Vamos a tener que convivir con esto, y que la humanidad, nuestras familias y la música sigan adelante. Habrá que ajustarse a las circunstancias, sin dejarlo en manos de los gobiernos: pasa por nosotros, en casa. Yo vivo en un pueblo en medio del campo, y acá ya no hay tráfico. Ahora uso seguido el telescopio, porque el cielo está muy claro. Puedo ver las estrellas, Júpiter, Marte y Saturno… ¿no es loco? Nunca en mi vida los pude apreciar con tanto detalle. Incluso escucho a los cucús, ¿sabés? No los había oído por quince años. Me asustaba que se hubieran ido, así que salí a grabarlos con un micrófono.

-¿Para un futuro álbum, quizás?

-Sí, claro. Se podría llamar “Dejá que tus plumas vuelen” (risas). 

-Siendo un estudioso del espacio, ¿pensás que nuestro futuro está en Marte?

-¡Nahhh! (lo dice tajante). ¿Mudarnos? ¿Que la humanidad viva ahí? No creo, no tiene una atmósfera que ayude.

-Capaz en algunas generaciones…

-Me parece que no somos tan inteligentes. Fuimos hechos para vivir acá, y nos pusieron en la Tierra con un propósito. Dudo que haya vida en otro lugar del universo, y llegué a la conclusión después de haber hablado con varios astrónomos. En mi pueblo, Cambridgeshire, viven muchos. Ellos nunca vieron un plato volador ni el mínimo rastro alien, así que para mí somos los únicos.

PASO A PASO

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Ahora que salió “Whoosh!” y que no hay shows planeados hasta mediados de 2021, Don Airey tiene una sola preocupación: “Que los pubs siguen cerrados por la pandemia -estalla en risas-. Igual hace mucho que no pruebo cerveza, porque borracho digo cosas feas. Mi hijo me aconsejó que probara una Lager sin alcohol, y me enganché, pero sólo tomo una al día”.

El 14 de marzo de este año, horas antes de que la cuarentena terminara de extenderse al mundo, Deep Purple tocó en México. Don Airey no estuvo, sin embargo hubo un reemplazo a la altura: Jordan Rudess, de Dream Theater. “Me enfermé, y como el médico me dijo que no viajara, Steve Morse le ofreció que hiciera el show. Tocó con un solo teclado, sin Hammond, porque no llegaba a aprenderse los temas y usar un nuevo setup. Le avisamos unas tres semanas antes. Ahora me siento muy bien, y fue el primer recital que me perdí en toda mi carrera. Espero que pronto podamos volver a la Argentina”.

-Terminemos la charla con una pregunta complicada: si tuvieras que rankear los cinco discos que grabaste con Deep Purple, ¿cómo lo harías?

-(Piensa). Mirá, todos tienen sus ventajas: de la época con Lord, mi canción favorita es “Bloodsucker”. Es muy heavy, amo tocarla. La banda era distinta, tenían que trabajar duro y rápido para salir a la ruta. No había tiempo para ensayar y escribir, aunque era más fácil siendo jóvenes. De mi etapa tengo mucho cariño por varios temas, como “Bananas”, del homónimo. Tampoco me canso de escuchar “Rapture of the Deep”. Pero “Whoosh!” fue el mejor que grabé, ¡y juro que no lo digo para quedar bien!

Este reportaje es parte de una trilogía de charlas de Deep Purple con Rock.com.ar, que incluyó entrevistas con Roger Glover y sumará a Ian Paice la semana próxima. Quedate atento/a.

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