Mike Dimkich, de Bad Religion: “No podemos juzgar a las nuevas generaciones con nuestras reglas”

El guitarrista, que pasó 20 años en The Cult, habla de las tensiones internas, las inseguridades y cómo tuvo que reinventarse en otra banda histórica.

Por Fabrizio Pedrotti, para Rock.com.ar.

Nota: esta entrevista se realizó en 2023 y permaneció inédita hasta hoy.

22 de junio de 1993. Metallica toca en el Estadio de los Alpes, en Turín. En la grilla también están Megadeth, The Cult y Suicidal Tendencies.

Mike Dimkich se había unido a The Cult hace poco, y en Italia tiene una ocurrencia osada. Hoy lo recuerda así: “Una chica de la discográfica estaba en el backstage, y le propuse intercambiar mis pantalones de cuero por su minifalda. No sé en qué pensaba, creía que era un partido de fútbol”.

Pero hay un problema: llega la hora del show y no tiene qué ponerse. “Con los minutos me empezó a caer la ficha de lo que había hecho -relata-. Cuando le pregunté a Ian Astbury, me dijo que iba a quedar mal si pedía mi ropa de nuevo”. Encima, el entorno no es ideal para experimentar. 

“Nos tiraban botellas llenas de pis y cosas así -explica-. Ya llevábamos dos o tres meses girando con Metallica, y estábamos bastante golpeados porque la gente nos odiaba. Eran estilos distintos. El manager de The Cult no nos había visto en un par de meses y voló para ese show”.

El video de la actuación es claro: al costado de Astbury, Dimkich sale con una pollera corta y botas de motociclista. El guitarrista agrega: “Ian hizo una performance a lo David Bowie y Mick Ronson, tirándose a mis pies. Por eso somos amigos, por la empatía con el otro”. 

Aunque el cantante le da su validación, el público no está convencido. “Habían roto el piso protector de madera y nos tiraban eso y pasto en la cara. Así que nos llovía un millón de dólares en césped profesional”. Mientras el grupo toca “New York City” o “Lil’ Devil”, se complica moverse por el escenario sin recibir un proyectil. A la banda no le importa y arremete con canciones experimentales como “Gone” y “The Witch”. En un momento hay más pasto y botellas arriba de las tablas que debajo.

Pero algo cambia: “Después de unos temas nos ganamos al público y revertimos la situación”, rememora el violero. Para “Love Removal Machine”, la mitad del estadio salta al ritmo de The Cult.

La historia no termina ahí. “Estábamos muy fuera de control, Billy Duffy se limpió después de ese tour. Yo me fumé un pucho, fui a un boliche con esa misma minifalda y conocí a una modelo con la que tuve algo. Fue una gran noche”. 

El músico lo recuerda 30 años después, sentado en un bar porteño de la calle Florida. Aunque dio muchos shows en la Argentina con The Cult, hoy se prepara para tocar con Bad Religion, la banda a la que se unió en 2013.

Antes de llegar, Dimkich manda un mensaje en el que aclara que está vestido como un “Hemingway escuálido” y se disculpa por su tardanza. Es jueves, uno de sus días libres, y aprovecha para recorrer la ciudad. 

La descripción no es exagerada: su camisa colorida, el sombrero beige y los pañuelos en el cuello lo hacen ver como una figura salida de un cómic de los ‘50.

Al margen de las cervezas que consume durante la entrevista, es un ciclista y runner más que experimentado: “La vanidad es importante. Soy amigo de deportistas profesionales y para ellos es clave. ¿Es uno de los siete pecados capitales? Porque sería uno bueno”, se ríe antes de iniciar la charla.

SALIENDO DEL PILOTO AUTOMÁTICO

-Brian Baker dijo que fuiste una influencia positiva en su vida. Desde que te sumaste a Bad Religion, él está más saludable.

-Sí. Dejó de tomar antes de que yo me uniera, así que no lo ayudé con eso. En lo otro sí, y está bueno. No me presenté como un gurú de salud a lo Richard Simmons, diciendo: “¡Hagamos sentadillas!”. Llegué con una guitarra, un afinador y una bicicleta, y Brian se sorprendió, más allá de que me conoce hace 30 años. A mí me preocupaba que no me robaran la bici. Seguro que le dio gracia y le intrigó. 

-Cuando te llamaron tuviste solo diez días para prepararte, ¿verdad?

-Sí, fue terrorífico. Con The Cult habíamos ensayado bastante, aparte de que las canciones eran bastante más lentas y muchas tenían tres acordes o ya las conocía de la radio. Fue estresante porque tenía 25 años y eran una banda gigante. Con Bad Religion hubo mucha presión también: aunque ya era grande, no estaba acostumbrado a tocar mal en vivo.

-¿Por qué lo decís?

-Mis primeros shows con ellos fueron de 6 o 7 puntos. Terminaba enojado, algo raro en mí. Tuve que mejorar. Así como les enseñé del ciclismo, ellos me demostraron que tenía que convertirme rápidamente en un guitarrista a la altura.

-¿Los de afuera notaban esos errores?

-(Piensa). Es difícil saberlo, pero había que estar muy sordo para no darse cuenta de que destrozaba los temas. Primero hice unas giras en Europa, sin compromisos de unirme al grupo. Como no tenía fechas con The Cult, podía sumarme. No sabía qué iba a pasar: capaz hacía unos shows y les decía que no. Cuando llegamos al final, ya entendía lo que hacía. En ningún momento sentí que tenía el puesto asegurado; me iba a ir si no podía cumplirles. Y funcionó.

-¿Cuánto tiempo te llevó asentarte en Bad Religion?

-Voy a serte honesto: recuerdo venir acá, ya siendo un miembro oficial, y ver canciones difíciles para mí en las listas de temas -se refiere a su visita de febrero de 2014-. Ahí decía: “Dios, esto es una mierda”. 

-Y llevabas tres carpetas con apuntes al show, ¿no? 

-Sí, todavía las tengo. Unos chicos subieron al escenario en Sudamérica y yo me quedé tipo: “Si me las roban estoy frito”. No las miraba como un teleprompter, no era Ron Burgundy en “El Reportero” (se ríe). Me servían de recordatorio.

-En esos primeros shows, Jay Bentley te dio el setlist y había una canción que nunca habías ensayado.

-¡Ni la había escuchado! Creo que era “No Direction”, la sacaron porque ni siquiera podía fingir. Tenía mini pesadillas en el escenario, era como esos sueños en los que vas al colegio y entrás sin pantalones; o cuando llegás al examen final sin haber ido a clases todo el año. 

-¿Eran sueños reales?

-Sí, cuando dormía y también en la vida cotidiana. Ahora sueño que estoy en un festival, corriendo o haciendo algo, mientras la banda ya arrancó a tocar y yo estoy a un kilómetro del lugar. Las llaman “gigmares”, y aparentemente todos las tienen: los músicos, los técnicos… (se ríe). Una vez casi cobró vida. Corría en Alemania y en esa gira veníamos tocando temprano, a eso de las tres de la tarde. Sabía que estábamos a una hora del festival. Cuando miré el reloj, eran las dos y media. No hubiera llegado ni siendo Usain Bolt, pero por suerte ese día tocábamos a las cinco. 

-¿Te había pasado con The Cult?

-No, con ellos no me importaba. Sabía que iba a llegar como fuera. A veces hacía 100 millas en España el día del show. Tenía una tarjeta de crédito con 300 euros y sabía que si había un problema, le ofrecía esa plata a alguien para que me llevara. Nunca se lo haría a Bad Religion, porque me pagan por tocar la guitarra. En The Cult me había puesto mucho más flojo. 

-¿Estabas en piloto automático?

-Un poco sí, y no quiero ser irrespetuoso con ellos. Aprendí mi trabajo con esa banda y no estaría en Bad Religion si no hubiera pasado por The Cult. Pero llegó un momento en que no me exigía demasiado. Aunque lo hacía bien, era como ir a la oficina: había un cubículo en el que hacía las mismas cosas todos los días y me pagaban a fin del mes. Nunca me desafiaban musicalmente. Sí en lo mental. Igual no era culpa de ellos; querían un guitarrista rítmico que cumpliera. El pensamiento de muchos en el público era: “No toca los solos, así que seguro no es bueno”. No era mi rol. Había otro tipo haciendo eso, y era su banda.

-¿Por qué The Cult era desafiante mentalmente?

-Ellos personifican el grupo clásico de rock and roll, a lo Mick (Jagger) y Keith (Richards). Son como marido y mujer, y también por eso son geniales. Al ser tan conflictivos, sentía que veía a mamá y a papá peleando. Yo era el chico en la mesa que decía: “¡Paren de discutir, quiero hacer la tarea!”. 

Justo cuando Dimkich estaba decidido a dejar The Cult, hubo una gota que rebalsó el vaso. “Me contactó el mánager para decirme que me iban a pagar un 25% menos, simplemente porque querían ahorrarse plata. Y eso que no había fechas planeadas, ni tenían idea de que me iba a ir a Bad Religion -explica el guitarrista-. Yo les había preparado unos e-mails por separado a Ian y a Billy, donde les contaba que estaba muy agradecido y que necesitaba seguir adelante”.

Y agrega: “En mi nuevo puesto me iban a pagar menos por cada show, pero iba a trabajar más, a estar más feliz y a seguir mi corazón. Entonces, recibir menos dinero en Bad Religion no era un problema. Y justo antes de mandarlo me llegó ese e-mail de The Cult. Mi esposa de entonces me dijo: ‘¡Apretá ya el botón de enviar!’”. 

Mientras lo recuerda, Dimkich esboza una sonrisa: “El timing fue gracioso, porque no podría haber tomado una mejor decisión. Al final, terminé cobrando más yéndome al lugar donde me pagaban menos. El mánager de The Cult me llamó al día siguiente y nos reímos. Habla como Christopher Walken. Lo amo, pero está loco. Con Bad Religion estoy en el mejor momento de mi carrera”. 

-¿Eso es por la atmósfera interna o por la música?

-(Piensa). Creo que es una combinación: las canciones son desafiantes y más frenéticas. Con ellos tocamos alrededor de treinta por noche, y con The Cult eran unas doce. Con estos últimos, si le erraba en una primera estrofa, tenía una segunda vuelta para enmendarlo. Acá, como son temas cortos, no existe eso. Fue un cambio abrupto. Hay una analogía con el ciclismo: al correr a tanta velocidad, el grupo te levanta si no das más. Así es Bad Religion.

-Cuando entraste a la banda, pusiste que era la primera vez en la que salías en una foto oficial.

-Era una dinámica a lo “Cumbre Borrascosas”. Si no veías a The Cult en vivo, no sabías quién carajo era yo, y eso me frustraba. Nadie sabía que estaba ahí -nota: aunque estuvo 20 años, Dimkich no fue convocado a grabar en ningún disco-. Me daba vergüenza cuando me preguntaban si era un músico de la banda, porque en parte sí… pero a la vez no. Fue lindo ser reconocido y aparecer en las fotos de Bad Religion. Cuando la gente me decía: “¡Wow, sos un rockstar!”, yo pensaba: “Bueno, si tan solo supieras…”. Después de un tiempo, si alguien me elogiaba, ya no me sentía un resentido o un impostor. Estoy contento por cómo toco, y con The Cult no me pasaba. Hoy, si alguien me dice que anoche la rompí, le voy a decir que sí.

-Además, The Cult siempre fue una puerta giratoria…

-Sí, ¡la puerta ya se volvió loca! (se ríe). Tienen una buena formación, hace poco hablé con John (Tempesta, baterista), que está con ellos hace más tiempo.

-¿Sabías que sigue pero no grabó en “Under the Midnight Sun” (2022)?

-(Se shockea y queda en silencio). Uh, creo que no. Es un gran músico, tiene orgullo y no se merece eso. No me sorprende, aunque no está bueno en absoluto.

-Supuestamente querían un sonido distinto y el productor les recomendó a Ian Matthews (Kasabian).

-Es como ir a casarte y que el cura te diga: “Tengo una esposa mejor, mirá esta chica”. Dios, no hay lealtad ahí (sigue shockeado). Es humillante para los músicos, pero los fans aceptan quiénes son los jefes. Van a estar un poco angustiados, aunque van a seguir comprando las entradas. Es gracioso porque algunos amigos no me lo dicen y siguen yendo a los shows de The Cult. Y está perfecto, me lo pueden contar. No me voy a enojar con ellos.

Poco antes de esta entrevista, The Cult y Bad Religion coincidieron en la ciudad de Reno, a pocas cuadras de distancia. “Les mandé un texto, aunque tocábamos al mismo tiempo. Me hubiera encantado verlos, en serio -dice Dimkich-. Hubiera sido como presentarle tu pareja actual a tu exnovia, y que ambos lados estén bien. Pero ambas bandas queríamos irnos de ahí lo antes posible”, se ríe.

Así y todo, el músico no se cierra a un llamado en el futuro. “The Cult era genial en vivo durante mi etapa, y si ellos me precisaran y yo no estuviera en Bad Religion, me sumaría sin pensarlo. Sería divertido porque no asumiría ningún riesgo. Tocaría esos tres acordes y listo”.

-¿Creés que con Bad Religion saliste del estancamiento?

-Sí. Soy un músico más comprometido, siempre estoy perfeccionándome. Mi mano derecha está mucho mejor, porque son canciones muy rápidas, es un rasguido tipo country pero acelerado. Yo era una mierda como guitarrista acústico, y con The Cult a veces hacíamos esos temas y les tenía pánico. Después de un año o dos de estar con Bad Religion, volví a la acústica y dije: “Wow, realmente mejoré”. Fue una de las tantas consecuencias inesperadas de estar en una banda de punk. 

EN CONTRA DE LA NOSTALGIA

“Age of Unreason”, el primer disco que Mike Dimkich grabó con Bad Religion, salió en 2019. Además de tópicos como la conciencia política, la banda se enfocó en la paranoia y en la tecnología. Aunque sean temas de los que ya habían hablado antes, encontraron una veta para escribir desde otro costado. Sobre todo con el peso de las redes sociales.

“No puedo hablar de la inteligencia artificial; sí del streaming y de que las bandas ya no van a los estudios a grabar en vivo -dice-. Charlo de eso con Steve Jones, y me dice: ‘Somos viejos, eso no es para nosotros’. Mi hijo tiene una cuenta en TikTok, por ejemplo, y yo no. Pero ni siquiera debería estar ahí. No podemos juzgar a las nuevas generaciones con nuestras reglas”.

Y se extiende: “Hoy podés hacer un disco con tu iPhone y sacarlo sin una compañía, y es genial. ¿Pienso que una banda debería ir al estudio en conjunto? Sí, una cosa no quita a la otra. Soy old-school, aunque no voy a ser el viejo que se queje de ‘los chicos de hoy’. Nosotros capaz nos ofusquemos, pero ni vamos a estar vivos cuando tengan que lidiar con las consecuencias de sus actos”.

El guitarrista lo extiende a su terreno laboral: “Si no me gusta un género musical, ¿a quién le importa? Nadie me pide que lo escuche. Ayer fui a la Plaza de Mayo y había un festival de reggaetón, y estaba perfecto, se divertían. No me pidieron que fuera, yo era el outsider ahí. Muchos dicen que los ‘50 eran mejores, pero no era tan así. Los negros tenían que viajar atrás de todo en el colectivo, por ejemplo”. 

-¿Cómo lo veías de joven?

-Decía “el heavy metal es una mierda”. Si armara una playlist hoy, la gente se sorprendería: pasaría por Abba, Otis Redding… todo lo que considerara buena música. El novio de mi mamá me explicó que solo hay buenas y malas canciones. También aplica para el reggaetón, pero hoy me escandalizo si putean mucho (se ríe). Lo mismo pasaba cuando salieron Mick Jagger, Johnny Rotten o Little Richard. Imaginate a los padres viendo a ese último, debe haber sido lo más grotesco. Ni Rotten era tan extremo. ¿Por qué me pondría mal yo?

-Aparte hay música para cada momento: no podés escuchar jazz en una fiesta.

-La variedad es buena. Si alguien come sandwiches de paleta todos los días, capaz viva hasta los cien años, pero se perdió de un montón. El otro día veía un posteo sobre Run-D.M.C., y los comentarios eran: “En esa época el rap era bueno”. Coincido en parte. Hay muchas opciones, dejemos que los chicos sean chicos. Mi hijo me mostró algo de The Weeknd y le respondí con “The Message”, de Grandmaster Flash. Me di cuenta de que era un viejo choto (se ríe). Seguro si pone a los Rolling Stones, voy a contestarle con Chuck Berry. La gente se queja de Green Day, pero también es una puerta de entrada. Si sos sabio, vas a escuchar a Sex Pistols, los Rolling Stones y los New York Dolls. Lo mismo si te gusta The Weeknd o los Beastie Boys. Sé que hay un “punk promedio” que no los conoce, y está bien. Las bandas inteligentes, como Greta Van Fleet, miran para atrás y aprenden.

LA IMPORTANCIA DEL RIESGO

Bad Religion tiene otra singularidad para el punk: en 2001, con el regreso de Brett Gurewitz, se convirtió en una banda de tres guitarristas. Y todos ellos tienen un estilo diferente.

Cuando entrevisté a Brian Baker le pregunté cómo clasificaría a cada uno de ustedes. Antes de darte su respuesta, me gustaría saber qué pensás vos.

-A Brett le encanta Ace Frehley, y aunque ahora aprecio a Kiss, para mí Ace era malo. (Gurewitz) es del estilo de Steve Jones, Johnny Thunders y Mick Ralphs. Diría que vengo de la misma escuela, pero él es un gran compositor. Su ejecución no es perfecta; siento que toco sus solos más “a lo guitarrista”. Lo amo, tengo una obsesión con él. Cuando hicimos “Age of Unreason” me motivaba mucho. Les dije a Steve Jones y a Brett que si grababan algo lo hicieran juntos, así que capaz puedo tocar un poco (se ríe). 

-¿Y Brian?

-Es distinto, porque lo conozco desde 1986. A ambos nos gusta lo mismo, pero tiene una facilidad mucho mayor. Yo solía tocar más rápido, a lo Thin Lizzy, aunque no era lo que quería. Y él puede hacerlo. Cuando entré en Bad Religion, pude agarrar las partes lentas y fue un alivio. También dije: “¿Por qué no amplificar mi fortaleza?”. Tengo mi nicho y creo que lo hago muy bien. Son las diferentes posiciones en un equipo.

-Ambos son humildes: Brian me dijo que él toca las “cosas fáciles”.

-¡No, esas son mis partes!

-Para él, su estilo es de Angus Young y Eddie Van Halen; y Brett sigue a Sonic Youth (en el solo de “Sorrow”, por ejemplo).

-(Piensa). Nunca había reparado en eso. Creía que Brett era como Frank Black, de quien pensaba que tocaba las notas equivocadas, hasta que me di cuenta que no. Voy a corregirme, es más de esa escuela. 

-Y dijo que vos eras como Johnny Thunders, algo que se ve en los especiales de “Decades”, en los que repasaron la discografía por etapas. ¿Cuán importante fue hacerlos?

-La primera parte me dejó un estrés postraumático. No pensaba que, si algo salía mal, no íbamos a poder repetir las tomas. Por la voz, Greg no iba a poder hacer cada canción 40 veces. Para la segunda vuelta empecé a ensayar un mes antes, una semana por cada capítulo.

-En la primera temporada había muchos temas que ustedes ya tocaban, pero en la otra fueron más raros.

-Sí, fue muy difícil. Es un gran documento, y a veces en las pruebas sonido me dicen: “Toquemos Bad Religion” -la canción-, y yo digo: “Oh no, ni me acuerdo de cómo era”. 

-¿Cuáles siguen siendo complejas para vos?

-(Piensa). En el set actual, todo está bien. Esa es complicada, por ejemplo. A “In The Night” me encantaría acordármela, porque me gustaría hacerla de nuevo. Las cosas están tranquilas… o eso espero.

-A”The Defense” e “In Another Abyss” no las tocaban tanto y ahora sí. Supongo que también te saca del piloto automático.

-Sí, es lo que me gusta de esta banda: es una bendición y una maldición. En The Cult teníamos la misma lista por dos meses. Bad Religion hace que la gente no sepa lo que va a recibir, se van a esforzar. A veces transpiro solo por pensar si me voy a acordar o no.

-Es desafiante para el público y la banda. Es lo ideal.

-Sí, y aun así no podés satisfacer a todos, porque son como mil temas. Hay una base de canciones que tienen que estar, igual que con The Cult: si no hacen “She Sells Sanctuary”, voy a querer que me devuelvan la plata. Pero en Bad Religion se combina bien, porque el público no sabe qué va a recibir. ¡Y a veces ni siquiera yo tengo idea! Para la gente debe ser emocionante.

-Brian me dijo que, cuando Jamie Miller entró a la banda, se dieron cuenta de que venían tocando mucho más rápido que en los discos. ¿Escucharon las versiones de estudio?

-Sí, volvimos a esos tempos. Él es un verdadero baterista de rock and roll, canta muy bien, y si no me doy maña con una parte de guitarra, él sí. Seguro Brian dijo que es nuestra “arma secreta”. A muchas bandas les pasa lo mismo, incluso a The Cult. A veces incorporás malos hábitos al girar y variás las canciones. Cuando entramos Jamie y yo, les marcamos eso. Ahí te das cuenta de que había una razón para que tal tema se grabara de una forma, hasta cuando los chicos de Bad Religion tenían 18 años. Incluso en el punk, más rápido no siempre significa mejor. De hecho, para mí es al revés. Y lo confirmé cuando entró Jamie: Bad Religion es la banda de rock and roll en la que siempre quise estar.

Aquella noche de 1993 en Turín, Mike Dimkich se enfrentó al caos con una minifalda. Hoy, por suerte, le alcanza con su guitarra y su estilo de Hemingway escuálido. Y finalmente lo hace en un lugar que siente propio.

Bad Religion tocará el miércoles 22 de abril en el Estadio Cubierto Malvinas Argentinas (Gutenberg 350, CABA). La apertura estará a cargo de Eterna Inocencia y Shaila. Las anticipadas se consiguen a través de Livepass.

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